jueves, 1 de mayo de 2014

¿Quien censura a Shirley Varnagy?




Confieso que no me cae bien, desde hace rato, esta catira al parecer más oxigenada que real, aunque nada de eso me conste ni venga a cuento. La razón es simple: no me merece respeto alguien que con un monótono close up resalte con tanta insistencia, cada vez que arranca un programa, su pelo rubio, la blancura de su tez y sus ojitos azules que, otra vez, vaya usted a saber si son de verdad o de vidrio. Es como si dijera, mirenme bien, soy periodista pero soy además igualita a la Barbie
Pero como me opongo radicalmente a la censura, me dispuse a ver la entrevista completa que le hizo a Mario Vargas Llosa en Globovisión; entrevista que según la distinguida catira fue censurada, razón por la cual renunció a ese canal.
En mi criterio, Varnagy es una periodista inteligentemente average, o sea, sus entrevistas no están mal, pero no hay que esperar mucho de ellas pues son bastante previsibles.
En cuanto a Vargas Llosa, baste con decir que estuvo comedido. Habló comedidamente como hombre de derecha. Argumentó modosamente desde un pensamiento de derecha. Y, en conclusión, no aportó nada nuevo ni en la forma ni en el fondo, como nos gusta decir a los críticos literarios.
¿A quien, pues, le podría haber interesado censurar una entrevista que de otro modo habría sido olvidada en menos tiempo de lo que dura una cuña de pañales desechables?
Sin dudas no al gobierno. En los días que corren, podemos escuchar toneladas –porque la basura pesa- de estupideces mucho más agresivas y definitivamente peor dichas que el discurso más o menos inocuo, por repetido y gastado, de Vargas Llosa, sin que el gobierno ande por allí eliminando o recortando programitas de televisión o artículos de prensa
Por otro lado, es cierto, y me consta por experiencia propia, que algunos medios de comunicación privados que viven del Gobierno, y digo viven para resaltar la motivación monetaria, porque no necesariamente lo apoyan en lo político, suelen ser más papistas que el papa y tienen una tendencia evidente a suprimir todo lo que, en su criterio, pudiese interponerse entre ellos y el patrocinio de los entes gubernamentales.  No parece ese tampoco el caso de Globovisión donde la publicidad oficial es más bien escasa.
He visto en dos ocasiones la  parte de la entrevista supuestamente censurada y  no encuentro motivo para una decisión semejante. Se me ocurren dos posibilidades como explicación alterna: o Globovisión aprovechó la cadena oficial que interrumpió la entrevista para cortar el programa de la Varnagy y provocar que se fuera del Canal o, distinto pero lo mismo, la rubia autoexotizada aprovechó la ocasión para armar un show y hacer lo que tenía previsto,es decir, irse de Globovisión.
No estoy, en fin, excluyendo la posibilidad de que en efecto haya habido censura. Pero si alguien decidió semejante estupidez deberá felicitarse por haberle dado alas a dos pajarracos que, al menos en esta ocasión, no habrían levantado vuelo ni con el aletear de las pestañas de Shirley sobre los ojitos azules de lo que tanto se precia




miércoles, 23 de abril de 2014

Gabo: joder, joder hasta la hora de perecer




Quien desconozca el  verbo joder, y su correspondiente sustantivo joda, estará en precarias condiciones a la hora de leer la obra de Gabriel García Márquez. Y es que el cacareadísimo asunto del realismo mágico, y su consanguíneo real maravilloso, es totalmente incomprensible si no se tiene en cuenta la pulsión central del texto, es decir, el humor. Pero la joda no es simple humor, es humor de calle. Joda irreverente e insurrecta, como todo humor, pero dispuesta a buscar su propio camino a la hora de hacerse presente en el discurso; a la hora de verificar  o falsificar  -que ambas cosas pueden ser  no sólo posibles sino simultáneas- la supuesta objetividad de ese entramado de suposiciones que llamamos realidad.
Entrenado en la jodencia, a García Márquez le resultó inviable, separar la jodedera de su escritura de la del Gabo de carne y hueso.
Su espíritu de jodedor se manifestó sin pausa a lo largo de su existencia. Sucede en su obra como queda dicho, donde a los asuntos más escabrosos se les deja siempre una hendija que inexorablemente conduce a la risa. Y ocurre en su vida personal, con decisiones como, por ejemplo, la de no renegar de su amistad con Fidel Castro, muy a pesar de cuantos pensasen que el escritor terminaría jodido por andar en lo que ellos consideraban malas juntas.
De los venezolanos dijo alguna vez que son cojonudos y mamadores de gallo. Pues resulta que incluso muerto, y como prueba de su propia capacidad de mamar gallo, al Gabo se le ha ocurrido, nada más y nada menos, que poner a dos de los presidentes más abiertamente de derechas del continente, a propinarle loas en el Palacio de Bellas Artes de México, a él que no cesó nunca de verlos con ojeriza, desconfianza y sorna.
¡Hay que ser muy jodedor!

Si yo fuera Dios



Confieso que cada día creo menos en Dios, casi tan poco como los miembros de la Conferencia Episcopal Venezolana. Pero no puedo negar que de tanto en tanto, en una fantasía absolutamente infantil, me imagino que soy Dios y les doy tremendo susto a esos jefazos de la CEV que, tan pagados de sí mismos, echaron difinitivamente al olvido la fe y la conciencia que alguna vez tuvieron. Suponiendo, claro está, que en un momento de su vida hayan estado, efectivamente, imbuidos de una elemental y humana buena fe.
Y es que no hace falta compartir o disentir de la postura política (iba a decir pensamiento político pero sería excesivo) de esta mínima parte del clero, para entender que estos señores han decidido, sin empacho alguno, encarnar ortodoxamente el rol ancestral de la jerarquía religiosa, es decir, la defensa a ultranza de los intereses y privilegios de las élites. Eso sí, siempre en nombre de los pobres, reunidos éstos, cual manada, bajo la denominación genérica de rebaño del Señor.
Basta recordar, en estos días de conmemoración, con cuanta alegría y confianza firmaron el decreto de Carmona, como si el mismísimo Dios les hubiese alcanzado la pluma desde las alturas. O el orgullo sonreído con el que se empinaban los whiskies en Miraflores.
Y hace días apenas volvieron a las andadas con una defensa de las guarimbas que que es una perla del idioma, de tan sinuoso que les quedó el asuntillo de defender la violencia en nombre de la paz.
Después de tantos años, décadas, el niño seminarista que llevo escondido en un rincón del alma, como dice el bolero, se subleva frente a esos asaltos a la inocencia religiosa de tanta gente que aún osa creer.
Como aquel personaje que agradecía a Dios por ser ateo, debo dar gracias a Dios por haberme sacado del trance de terminar pensando como estos ilustres jerarcas (nunca mejor elegido el sustantivo) de la iglesia.

jueves, 1 de agosto de 2013

Bebé real y medio



Lanzarle a uno aquello de que “cuando se tiene un hijo se tienen todos los hijos de la tierra,” siempre me pareció un abuso por parte de Andrés Eloy Blanco. Como si no fuese suficiente con los problemas que crean los hijos propios, supone el poeta que cada uno de nosotros debería convertirse en una especie de guardería universal en la que consiguieran cupo, tal como lo dice el verso, todos los hijos de la tierra.
A diferencia del matrimonio y demás asociaciones lícitas e ilícitas entre los humanos, la paternidad es un contrato sin fecha de vencimiento, una responsabilidad indefinida de la cual solo unos pocos encuentran la vía para evadirse. Tal vez esa sea la razón por la cual muchos padres, especialmente en Maracaibo, optan por expresar su paternidad de un modo que implica apropiarse de cualesquiera méritos de sus hijos. Ese propósito se logra gracias a los pronombres se y me, los cuales, adecuadamente usados, convierten en mío todo lo que corresponda a mis hijos. En mi caso particular, por ejemplo, una de mis hijas se me graduó de arquitecta, otra se me graduó de psicóloga y una tercera me está estudiando medicina. Sin hablar de las pequeñas que me están asistiendo a la primaria y de la mayor que se me mudó al exterior. Pasar de este entorno académico al económico es relativamente fácil, pero no esperen que les diga cuánto me está ganando cada una las muchachas.
Lo de la economía viene a cuento por la alharaca que se ha armado con el nacimiento de un bebé llegado para engrosar la lista de aspirantes a la corona inglesa. Visto el tratamiento que los medios le han dado al asunto, tal parece que nos hemos convertido todos en orgullosos padres de un bebé que, sin saberlo, le ha dado la vuelta al verso de Andrés Eloy, hasta el punto que de él puede decirse que tiene todos los padres –y madres- de la tierra.  No por nada nos preocupamos por cada segundo de los nueve meses que pasó en el augusto vientre de su madre. Y no en balde hemos tenido que sufrir centenares de primeras planas dedicadas a convertir un acontecimiento tan antiguo como la humanidad misma, en una novela a mitad de camino entre el suspenso y lo fantástico.
Me nació, pues, un bebé en Londres. O al menos así es como se pretende que percibamos la venida al mundo de este infante. Lo que nadie dice, en esta democratización a la fuerza de tal paternidad, es que el niño viene con su real y medio asegurado de por vida, gracias a la permanencia de una institución tan arcaica, demodé y corrupta como la monarquía.
En la paternidad intangible, en hacer que sintamos que ese niño es nuestro, se quiere que todos participemos. En la riqueza tangible, en el poder por nadie acordado, en la falacia de la sangre azul no tendremos cuota alguna. Y eso es una verdad tan absoluta como lo fue la monarquía en otros tiempos.
El sistema tiene mecanismos eficientes para preservarse, y esta novela rosa sobre el nacimiento del nuevo heredero no tiene más fin que ese. Dentro de algunos años le adivinaremos el pensamiento cuando desde una de las torres que nunca faltan en las películas de Robin Hood, el nuevo príncipe se repita a sí mismo: soy rico, soy poderoso, soy famoso y siempre tengo mi real y medio.
Para felicidad de los ingleses que por siglos se han comido el cuento.


jueves, 25 de julio de 2013

Guanipa y yo


Al menos en tres ocasiones, Juan Pablo Guanipa ha aspirado a ser el candidato de la oposición a la Alcaldía de Maracaibo.  Reflexionando acerca de su brillante carrera de fracasos, he concluido que mi vida es igualita a la de Juan Pablo Guanipa: yo tampoco he alcanzado nunca un cargo. Y no es que no lo haya intentando con el mismo ardor del pobre Juan Pablo.
Las frustraciones por alcanzar un puesto comenzaron con mis escasas incursiones en el beisbol. Nunca logré ser capitán de la caimanera. Es fácil imaginar el tamaño de mi frustración si se piensa que yo era el dueño del bate, de la pelota y del único par de guantes del que disponíamos para nuestro ascenso a las grandes ligas. Pero ni soñar con que me nombraran capitán. De hecho, me reservaban las posiciones de menor figuración y no pocas veces se dieron el lujo de ponerme a jugar banca. Tal cual como a Guanipa.
Una vez que ingresé a la universidad, anhelé con todas mis fuerzas ser presidente del centro de estudiantes. Hice encuestas, preparé discursos, escribí manifiestos políticos e incluso, lo digo con un poco de vergüenza, soborné a algunos de los que podían competir con mis aspiraciones. Hasta el sol de hoy, mi madre no me perdona que me apareciese todos los días a la hora del almuerzo con un nutrido grupo de supuestos seguidores. Como mi progenitora nunca aprendió a hacerlas, era imposible ponerles un bozal de arepas. De modo que tratamos de ganar su adhesión a mis recurrentes candidaturas a punta de platos de espaguetis.  Pero qué va, los muy desleales salían de mi casa sobándose la barriga de satisfacción e iban directo a votar por mis competidores.
¿Cómo no voy a ser, pues, solidario con este campeón de las candidaturas gastadas, frustradas y a última hora dicen que vendidas?
Mi experiencia guanípica se prolongó inmutable durante los muchos años de trabajo como profesor de la universidad. Allí quise ser cualquier cosa: jefe de departamento, director, decano, lo que fuese. Imité a los exitosos líderes políticos que sí llegaban a esos cargos. Empecé a palmear hombros; a aprenderme los nombres de los parientes de mis eventuales votantes hasta la sexta o séptima generación, ascendente o descendente. Nunca aporté una idea para que no se espantara el cotarro. Nunca propuse cambiar nada. Nunca dije que algo andaba mal. Hasta recuerdo haber afirmado, en pleno delirio de campaña, que la directiva de Fapuv estaba constituida por unas mentes brillantes sin cuyo concurso la ciencia y las artes se irían a pique en nuestro país. ¡Nada que ver! Una derrota tras otra. Y la promesa de mis aliados de que en el futuro seguro que me tocaba a mí.
Aquí estoy, pues,  llorando hombro con hombro con mi alter ego Juan Pablo Guanipa. Somos almas gemelas del despecho electoral. Él eterno aspirante a la Alcaldía de Maracaibo, experto en arrancadas de caballo y carreras de burro, y yo aspirante frustrado al cargo que fuera.
Claro que hay algunas diferencias entre nosotros dos. Yo sí fui candidato. Juan Pablo, en cambio, ha sido siempre precandidato. Apenas ahora hemos descubierto que cuando Rafael Caldera dijo, hace ya décadas, que no había nada más pavoso que ser ex precandidato, se refería en realidad a Guanipa.
Dicen también que la chequera de Juan Pablo engorda cada vez que abandona una precandidatura. No me consta. Lo que sé de cierto es que yo sigo tan candidato frustrado y pobre como en mis días de beisbol.



jueves, 11 de julio de 2013

Credulidad



En mis tiempos la expresión era más común que en estos días. Se aplicaba a quien padecía de una credulidad tan, pero tan exacerbada, que terminaba por ser patológicamente idiota. En tales casos, la gente se revolvía en su silla y pensaba que el crédulo en cuestión tenía un ataque agudo de coprofagia. Por supuesto que la idea se expresaba con un coloquialismo mucho más colorido y expresivo que esa palabreja que acabo de usar.
Pero es que hay gente que se cree cualquier cosa. ¿Quien no se enteró con alarma de que el gobierno nacional se disponía a prohibir los teteros? Más de uno se paseó por una Venezuela cuyas madres  desesperadamente intentaban hacerse de un tetero como el que usaba Jane para alimentar a Boy, en la prehistoria de Tarzán. No en balde en ese Tarzan de Johnny Weissmuller, hay una descarada promoción de los sustitutos de la leche materna. Al fin y al cabo ni Boy era hijo de Tarzán, ni Jane sabía para qué servían las tetas. Y la leche seguramente venia de una elefanta o una cebra, vaya usted a saber.
Lo cierto es que la oposición venezolana, con su demostrada habilidad para correr bolas, convirtió una iniciativa tan loable como la de estimular la lactancia materna, en una paranoia según la cual nuestros niños morirían de hambre uno tras otro, puesto que la noble, solidaria y desinteresada Nestlé desaparecería de los anaqueles de farmacias y supermercados.
Sucede lo mismo con el rumor, no tan corrido como el anterior, según el cual se prohibió a Mercal, a Pdval y a los propios supermercados, vender alimentos a los indocumentados. Así pues, un gobierno que ha tenido a lo largo de su desempeño una notoria política de protección y respeto por esa parte de la población, decide un día matarla de hambre. Lo grave es que nunca falta un gerente cabeza cuadrada que ponga en efecto la medida que nadie le ordenó. Lo que sí falta es una autoridad que de modo claro y ostensible desmienta semejante patraña.
La credulidad no es privativa de un segmento de la población ni de un ámbito específico de la vida nacional. Basta con pensar, por ejemplo, en que aún hay quien cree que FAPUV, es decir, la Federación de Asociaciones de Profesores Universitarios de Venezuela, realmente representa a los docentes de las universidades, que practica la más escrupulosa democracia y que además está interesadísima en la defensa de la academia y la investigación. Lo cierto es que FAPUV es un elefante blanco, con perdón de los elefantes, que cobra vida cada dos o tres años, para repetir el cuento según el cual ellos ni son políticos ni tienen otro interés que la defensa de los derechos de los universitarios. Para cumplir con ese apostolado, FAPUV adora a un dios llamado Normas de Homologación, divinidad que no ha hecho un solo milagro desde que se le conoce, salvo el de mantener a la misma junta directiva por diez años, y con aspiración de quedarse unos diez años más.
La credulidad per se no lo convierte a uno en tonto, pero cómo ayuda. Una saludable desconfianza construye una visión más atinada de los que sucede en nuestro entorno. Al fin y al cabo, no descreer solo ayuda cuando se lee una novela o se mira una película, Coleridge dixit.
                


miércoles, 3 de julio de 2013

La casa de la bahía: esta antiquísima contemporaneidad


Alexis Fernández ha escrito más que una novela una epopeya. La epopeya incorpora los fundamentos de la constitución histórica, cultural y anímica de un pueblo. De modo que, a pesar de que los hechos que narra se sitúan en un pasado remoto, tales hechos son en verdad elementos activos de la razón de ser del conglomerado humano al que atañen.
Se suele afirmar que la epopeya puede estar escrita en verso o en prosa. Alexis Fernández ha hecho una justa combinación de ambos géneros al producir una prosa cuyo carácter poético es capaz de ampliar sus significados hasta más allá de lo realistamente descrito o lo sucintamente narrado.
En principio, el centro del discurso de  La casa de la bahía es la figura de Manuel Trujillo Durán, ese zuliano avispadísimo que a finales del siglo XIX, mostró a los asombrados marabinos, producidas por su propio ingenio, las primeras tomas cinematográficas hechas en Venezuela. Y sin embargo, sin negar la trascendencia de Trujillo Durán en la historia zuliana y su rol principal  en el texto de Alexis Fernández, me parece que en realidad esa figura funciona en el libro más como catapulta de un intento que excede en mucho la reconstrucción novelada de la vida de un personaje de indudable importancia.
Si se hubiese tratado solo de Manuel Trujillo Durán, probablemente nos hubiésemos topado con una de esas crónicas en las que con un lenguaje más o menos elemental, se recoge un anecdotario que a juicio del autor reivindica al personaje como elemento importante de la así llamada zulianidad.
No hay nada de eso en el texto de Alexis Fernández. Lo impide en primer lugar el ya aludido lenguaje poético que el autor ha venido cultivando a lo largo de toda su obra, y que hace inviable una lectura plana y unívoca, como suele suceder en algunas crónicas sin condimento ni alma.
Pero además, Fernández ha llevado adelante la construcción de una experiencia hipertextual, como hace mucho no veíamos en un material impreso. Para ello ha incluido una serie de elementos que se despliegan frente a la mirada del lector como una pantalla por donde transita mucho más que la vida de Manuel Trujillo Durán. De hecho, lo que se despliega frente a nuestros ojos es el discurrir de un tiempo en el cual se fragua nuestra identidad como pueblo, como región, e incluso como país todo.
Fotografías, anuncios, facsímiles de periódicos, programas de mano, mapas, portadas de libros, viñetas y caricaturas exceden la mera función de ilustrar un texto verbal y son ellos mismos componentes de un  hipertexto en cuyos códigos se funde y acrisola un pasado que nos constituye aquí y ahora. Lo narrado y visto en esta obra puede que nos resulte distante en el tiempo, pero es imposible que nos resulte ajeno.
Así pues, la peripecia de Trujillo Durán, sus travesuras, sus emprendimientos, sus viajes y sus desazones, su relación con el entorno, su manera de enfrentar la vida, e incluso la muerte, cuentan realmente un proceso mediante el cual hemos llegado a ser lo que hoy somos. Nos muestra cuan antigua es nuestra contemporaneidad. No otra cosa es la función de la epopeya.   

Fernández, Alexis. La casa de la bahía. Maracaibo, PDVSA, 2013.