miércoles, 23 de abril de 2014

Gabo: joder, joder hasta la hora de perecer




Quien desconozca el  verbo joder, y su correspondiente sustantivo joda, estará en precarias condiciones a la hora de leer la obra de Gabriel García Márquez. Y es que el cacareadísimo asunto del realismo mágico, y su consanguíneo real maravilloso, es totalmente incomprensible si no se tiene en cuenta la pulsión central del texto, es decir, el humor. Pero la joda no es simple humor, es humor de calle. Joda irreverente e insurrecta, como todo humor, pero dispuesta a buscar su propio camino a la hora de hacerse presente en el discurso; a la hora de verificar  o falsificar  -que ambas cosas pueden ser  no sólo posibles sino simultáneas- la supuesta objetividad de ese entramado de suposiciones que llamamos realidad.
Entrenado en la jodencia, a García Márquez le resultó inviable, separar la jodedera de su escritura de la del Gabo de carne y hueso.
Su espíritu de jodedor se manifestó sin pausa a lo largo de su existencia. Sucede en su obra como queda dicho, donde a los asuntos más escabrosos se les deja siempre una hendija que inexorablemente conduce a la risa. Y ocurre en su vida personal, con decisiones como, por ejemplo, la de no renegar de su amistad con Fidel Castro, muy a pesar de cuantos pensasen que el escritor terminaría jodido por andar en lo que ellos consideraban malas juntas.
De los venezolanos dijo alguna vez que son cojonudos y mamadores de gallo. Pues resulta que incluso muerto, y como prueba de su propia capacidad de mamar gallo, al Gabo se le ha ocurrido, nada más y nada menos, que poner a dos de los presidentes más abiertamente de derechas del continente, a propinarle loas en el Palacio de Bellas Artes de México, a él que no cesó nunca de verlos con ojeriza, desconfianza y sorna.
¡Hay que ser muy jodedor!

Si yo fuera Dios



Confieso que cada día creo menos en Dios, casi tan poco como los miembros de la Conferencia Episcopal Venezolana. Pero no puedo negar que de tanto en tanto, en una fantasía absolutamente infantil, me imagino que soy Dios y les doy tremendo susto a esos jefazos de la CEV que, tan pagados de sí mismos, echaron difinitivamente al olvido la fe y la conciencia que alguna vez tuvieron. Suponiendo, claro está, que en un momento de su vida hayan estado, efectivamente, imbuidos de una elemental y humana buena fe.
Y es que no hace falta compartir o disentir de la postura política (iba a decir pensamiento político pero sería excesivo) de esta mínima parte del clero, para entender que estos señores han decidido, sin empacho alguno, encarnar ortodoxamente el rol ancestral de la jerarquía religiosa, es decir, la defensa a ultranza de los intereses y privilegios de las élites. Eso sí, siempre en nombre de los pobres, reunidos éstos, cual manada, bajo la denominación genérica de rebaño del Señor.
Basta recordar, en estos días de conmemoración, con cuanta alegría y confianza firmaron el decreto de Carmona, como si el mismísimo Dios les hubiese alcanzado la pluma desde las alturas. O el orgullo sonreído con el que se empinaban los whiskies en Miraflores.
Y hace días apenas volvieron a las andadas con una defensa de las guarimbas que que es una perla del idioma, de tan sinuoso que les quedó el asuntillo de defender la violencia en nombre de la paz.
Después de tantos años, décadas, el niño seminarista que llevo escondido en un rincón del alma, como dice el bolero, se subleva frente a esos asaltos a la inocencia religiosa de tanta gente que aún osa creer.
Como aquel personaje que agradecía a Dios por ser ateo, debo dar gracias a Dios por haberme sacado del trance de terminar pensando como estos ilustres jerarcas (nunca mejor elegido el sustantivo) de la iglesia.