jueves, 1 de agosto de 2013

Bebé real y medio



Lanzarle a uno aquello de que “cuando se tiene un hijo se tienen todos los hijos de la tierra,” siempre me pareció un abuso por parte de Andrés Eloy Blanco. Como si no fuese suficiente con los problemas que crean los hijos propios, supone el poeta que cada uno de nosotros debería convertirse en una especie de guardería universal en la que consiguieran cupo, tal como lo dice el verso, todos los hijos de la tierra.
A diferencia del matrimonio y demás asociaciones lícitas e ilícitas entre los humanos, la paternidad es un contrato sin fecha de vencimiento, una responsabilidad indefinida de la cual solo unos pocos encuentran la vía para evadirse. Tal vez esa sea la razón por la cual muchos padres, especialmente en Maracaibo, optan por expresar su paternidad de un modo que implica apropiarse de cualesquiera méritos de sus hijos. Ese propósito se logra gracias a los pronombres se y me, los cuales, adecuadamente usados, convierten en mío todo lo que corresponda a mis hijos. En mi caso particular, por ejemplo, una de mis hijas se me graduó de arquitecta, otra se me graduó de psicóloga y una tercera me está estudiando medicina. Sin hablar de las pequeñas que me están asistiendo a la primaria y de la mayor que se me mudó al exterior. Pasar de este entorno académico al económico es relativamente fácil, pero no esperen que les diga cuánto me está ganando cada una las muchachas.
Lo de la economía viene a cuento por la alharaca que se ha armado con el nacimiento de un bebé llegado para engrosar la lista de aspirantes a la corona inglesa. Visto el tratamiento que los medios le han dado al asunto, tal parece que nos hemos convertido todos en orgullosos padres de un bebé que, sin saberlo, le ha dado la vuelta al verso de Andrés Eloy, hasta el punto que de él puede decirse que tiene todos los padres –y madres- de la tierra.  No por nada nos preocupamos por cada segundo de los nueve meses que pasó en el augusto vientre de su madre. Y no en balde hemos tenido que sufrir centenares de primeras planas dedicadas a convertir un acontecimiento tan antiguo como la humanidad misma, en una novela a mitad de camino entre el suspenso y lo fantástico.
Me nació, pues, un bebé en Londres. O al menos así es como se pretende que percibamos la venida al mundo de este infante. Lo que nadie dice, en esta democratización a la fuerza de tal paternidad, es que el niño viene con su real y medio asegurado de por vida, gracias a la permanencia de una institución tan arcaica, demodé y corrupta como la monarquía.
En la paternidad intangible, en hacer que sintamos que ese niño es nuestro, se quiere que todos participemos. En la riqueza tangible, en el poder por nadie acordado, en la falacia de la sangre azul no tendremos cuota alguna. Y eso es una verdad tan absoluta como lo fue la monarquía en otros tiempos.
El sistema tiene mecanismos eficientes para preservarse, y esta novela rosa sobre el nacimiento del nuevo heredero no tiene más fin que ese. Dentro de algunos años le adivinaremos el pensamiento cuando desde una de las torres que nunca faltan en las películas de Robin Hood, el nuevo príncipe se repita a sí mismo: soy rico, soy poderoso, soy famoso y siempre tengo mi real y medio.
Para felicidad de los ingleses que por siglos se han comido el cuento.


jueves, 25 de julio de 2013

Guanipa y yo


Al menos en tres ocasiones, Juan Pablo Guanipa ha aspirado a ser el candidato de la oposición a la Alcaldía de Maracaibo.  Reflexionando acerca de su brillante carrera de fracasos, he concluido que mi vida es igualita a la de Juan Pablo Guanipa: yo tampoco he alcanzado nunca un cargo. Y no es que no lo haya intentando con el mismo ardor del pobre Juan Pablo.
Las frustraciones por alcanzar un puesto comenzaron con mis escasas incursiones en el beisbol. Nunca logré ser capitán de la caimanera. Es fácil imaginar el tamaño de mi frustración si se piensa que yo era el dueño del bate, de la pelota y del único par de guantes del que disponíamos para nuestro ascenso a las grandes ligas. Pero ni soñar con que me nombraran capitán. De hecho, me reservaban las posiciones de menor figuración y no pocas veces se dieron el lujo de ponerme a jugar banca. Tal cual como a Guanipa.
Una vez que ingresé a la universidad, anhelé con todas mis fuerzas ser presidente del centro de estudiantes. Hice encuestas, preparé discursos, escribí manifiestos políticos e incluso, lo digo con un poco de vergüenza, soborné a algunos de los que podían competir con mis aspiraciones. Hasta el sol de hoy, mi madre no me perdona que me apareciese todos los días a la hora del almuerzo con un nutrido grupo de supuestos seguidores. Como mi progenitora nunca aprendió a hacerlas, era imposible ponerles un bozal de arepas. De modo que tratamos de ganar su adhesión a mis recurrentes candidaturas a punta de platos de espaguetis.  Pero qué va, los muy desleales salían de mi casa sobándose la barriga de satisfacción e iban directo a votar por mis competidores.
¿Cómo no voy a ser, pues, solidario con este campeón de las candidaturas gastadas, frustradas y a última hora dicen que vendidas?
Mi experiencia guanípica se prolongó inmutable durante los muchos años de trabajo como profesor de la universidad. Allí quise ser cualquier cosa: jefe de departamento, director, decano, lo que fuese. Imité a los exitosos líderes políticos que sí llegaban a esos cargos. Empecé a palmear hombros; a aprenderme los nombres de los parientes de mis eventuales votantes hasta la sexta o séptima generación, ascendente o descendente. Nunca aporté una idea para que no se espantara el cotarro. Nunca propuse cambiar nada. Nunca dije que algo andaba mal. Hasta recuerdo haber afirmado, en pleno delirio de campaña, que la directiva de Fapuv estaba constituida por unas mentes brillantes sin cuyo concurso la ciencia y las artes se irían a pique en nuestro país. ¡Nada que ver! Una derrota tras otra. Y la promesa de mis aliados de que en el futuro seguro que me tocaba a mí.
Aquí estoy, pues,  llorando hombro con hombro con mi alter ego Juan Pablo Guanipa. Somos almas gemelas del despecho electoral. Él eterno aspirante a la Alcaldía de Maracaibo, experto en arrancadas de caballo y carreras de burro, y yo aspirante frustrado al cargo que fuera.
Claro que hay algunas diferencias entre nosotros dos. Yo sí fui candidato. Juan Pablo, en cambio, ha sido siempre precandidato. Apenas ahora hemos descubierto que cuando Rafael Caldera dijo, hace ya décadas, que no había nada más pavoso que ser ex precandidato, se refería en realidad a Guanipa.
Dicen también que la chequera de Juan Pablo engorda cada vez que abandona una precandidatura. No me consta. Lo que sé de cierto es que yo sigo tan candidato frustrado y pobre como en mis días de beisbol.



jueves, 11 de julio de 2013

Credulidad



En mis tiempos la expresión era más común que en estos días. Se aplicaba a quien padecía de una credulidad tan, pero tan exacerbada, que terminaba por ser patológicamente idiota. En tales casos, la gente se revolvía en su silla y pensaba que el crédulo en cuestión tenía un ataque agudo de coprofagia. Por supuesto que la idea se expresaba con un coloquialismo mucho más colorido y expresivo que esa palabreja que acabo de usar.
Pero es que hay gente que se cree cualquier cosa. ¿Quien no se enteró con alarma de que el gobierno nacional se disponía a prohibir los teteros? Más de uno se paseó por una Venezuela cuyas madres  desesperadamente intentaban hacerse de un tetero como el que usaba Jane para alimentar a Boy, en la prehistoria de Tarzán. No en balde en ese Tarzan de Johnny Weissmuller, hay una descarada promoción de los sustitutos de la leche materna. Al fin y al cabo ni Boy era hijo de Tarzán, ni Jane sabía para qué servían las tetas. Y la leche seguramente venia de una elefanta o una cebra, vaya usted a saber.
Lo cierto es que la oposición venezolana, con su demostrada habilidad para correr bolas, convirtió una iniciativa tan loable como la de estimular la lactancia materna, en una paranoia según la cual nuestros niños morirían de hambre uno tras otro, puesto que la noble, solidaria y desinteresada Nestlé desaparecería de los anaqueles de farmacias y supermercados.
Sucede lo mismo con el rumor, no tan corrido como el anterior, según el cual se prohibió a Mercal, a Pdval y a los propios supermercados, vender alimentos a los indocumentados. Así pues, un gobierno que ha tenido a lo largo de su desempeño una notoria política de protección y respeto por esa parte de la población, decide un día matarla de hambre. Lo grave es que nunca falta un gerente cabeza cuadrada que ponga en efecto la medida que nadie le ordenó. Lo que sí falta es una autoridad que de modo claro y ostensible desmienta semejante patraña.
La credulidad no es privativa de un segmento de la población ni de un ámbito específico de la vida nacional. Basta con pensar, por ejemplo, en que aún hay quien cree que FAPUV, es decir, la Federación de Asociaciones de Profesores Universitarios de Venezuela, realmente representa a los docentes de las universidades, que practica la más escrupulosa democracia y que además está interesadísima en la defensa de la academia y la investigación. Lo cierto es que FAPUV es un elefante blanco, con perdón de los elefantes, que cobra vida cada dos o tres años, para repetir el cuento según el cual ellos ni son políticos ni tienen otro interés que la defensa de los derechos de los universitarios. Para cumplir con ese apostolado, FAPUV adora a un dios llamado Normas de Homologación, divinidad que no ha hecho un solo milagro desde que se le conoce, salvo el de mantener a la misma junta directiva por diez años, y con aspiración de quedarse unos diez años más.
La credulidad per se no lo convierte a uno en tonto, pero cómo ayuda. Una saludable desconfianza construye una visión más atinada de los que sucede en nuestro entorno. Al fin y al cabo, no descreer solo ayuda cuando se lee una novela o se mira una película, Coleridge dixit.
                


miércoles, 3 de julio de 2013

La casa de la bahía: esta antiquísima contemporaneidad


Alexis Fernández ha escrito más que una novela una epopeya. La epopeya incorpora los fundamentos de la constitución histórica, cultural y anímica de un pueblo. De modo que, a pesar de que los hechos que narra se sitúan en un pasado remoto, tales hechos son en verdad elementos activos de la razón de ser del conglomerado humano al que atañen.
Se suele afirmar que la epopeya puede estar escrita en verso o en prosa. Alexis Fernández ha hecho una justa combinación de ambos géneros al producir una prosa cuyo carácter poético es capaz de ampliar sus significados hasta más allá de lo realistamente descrito o lo sucintamente narrado.
En principio, el centro del discurso de  La casa de la bahía es la figura de Manuel Trujillo Durán, ese zuliano avispadísimo que a finales del siglo XIX, mostró a los asombrados marabinos, producidas por su propio ingenio, las primeras tomas cinematográficas hechas en Venezuela. Y sin embargo, sin negar la trascendencia de Trujillo Durán en la historia zuliana y su rol principal  en el texto de Alexis Fernández, me parece que en realidad esa figura funciona en el libro más como catapulta de un intento que excede en mucho la reconstrucción novelada de la vida de un personaje de indudable importancia.
Si se hubiese tratado solo de Manuel Trujillo Durán, probablemente nos hubiésemos topado con una de esas crónicas en las que con un lenguaje más o menos elemental, se recoge un anecdotario que a juicio del autor reivindica al personaje como elemento importante de la así llamada zulianidad.
No hay nada de eso en el texto de Alexis Fernández. Lo impide en primer lugar el ya aludido lenguaje poético que el autor ha venido cultivando a lo largo de toda su obra, y que hace inviable una lectura plana y unívoca, como suele suceder en algunas crónicas sin condimento ni alma.
Pero además, Fernández ha llevado adelante la construcción de una experiencia hipertextual, como hace mucho no veíamos en un material impreso. Para ello ha incluido una serie de elementos que se despliegan frente a la mirada del lector como una pantalla por donde transita mucho más que la vida de Manuel Trujillo Durán. De hecho, lo que se despliega frente a nuestros ojos es el discurrir de un tiempo en el cual se fragua nuestra identidad como pueblo, como región, e incluso como país todo.
Fotografías, anuncios, facsímiles de periódicos, programas de mano, mapas, portadas de libros, viñetas y caricaturas exceden la mera función de ilustrar un texto verbal y son ellos mismos componentes de un  hipertexto en cuyos códigos se funde y acrisola un pasado que nos constituye aquí y ahora. Lo narrado y visto en esta obra puede que nos resulte distante en el tiempo, pero es imposible que nos resulte ajeno.
Así pues, la peripecia de Trujillo Durán, sus travesuras, sus emprendimientos, sus viajes y sus desazones, su relación con el entorno, su manera de enfrentar la vida, e incluso la muerte, cuentan realmente un proceso mediante el cual hemos llegado a ser lo que hoy somos. Nos muestra cuan antigua es nuestra contemporaneidad. No otra cosa es la función de la epopeya.   

Fernández, Alexis. La casa de la bahía. Maracaibo, PDVSA, 2013.

jueves, 27 de junio de 2013

Toga y billete


Ciertos sectores de la academia solo se acuerdan de la toga cuando pelean por billete. En tales casos nunca falta quien desempolve su medieval ropón negro y salga a la calle a lucir una dedicación a la universidad y un interés por la investigación difíciles de ver en condiciones normales.
Hacen bien, sobre todo en estos días, pues la toga no sirve para otra cosa que para resaltar la condición de elegido o perteneciente a un grupo privilegiado, que para nada distinto se implementó en la antigüedad esto de la toga. En tiempos como este, cuando se acaba de aprobar una normativa laboral que agrupa a todos los trabajadores universitarios, incluidos los docentes, nada mejor que resaltar cuan distintos son estos últimos como argumento para oponerse a esa normativa que trae aparejado, dicho sea de paso, el mejor aumento de salario del que este escribidor tenga memoria.
De modo que la bendita toga deja de ser elemento de un acto protocolar, bastante pavoso por cierto,  bueno para que quienes se gradúan tengan unas fotos que mostrar a sus nietos en algunas décadas, para convertirse en instrumento de cuanto show se les ocurra a los aguerridos dirigentes gremiales y a las no menos aguerridas autoridades rectorales.
En la Universidad del Zulia, por ejemplo, hemos tenido desde juicios sumarios hasta procesiones, adobado todo con intelectualísimas togas que destacan cuan densa y profunda ha sido la reflexión y el compromiso que acompañan tales actos.
En lo atinente al juicio bufo, que no sumario, con asistencia de las autoridades, al que se sometió al ministro Pedro Calzadilla, se habrá llevado a cabo, entre otras motivaciones, para que por fin la Universidad del Zulia ganara un pleito legal. Ha sido una tradición de largos años, muy comentada en los pasillos universitarios, que nunca hubo un juicio que se entablase contra nuestra Alma Mater que esta no perdiese. Los abogados de esos juicios seguramente actuarían como los involucrados en la bufonada que comentamos, quienes demostraron tener una significativa capacidad para la manipulación y el humor de galería. Cabe preguntarse si a nadie se le ocurrió que semejante espectáculo hubiese sido una oportunidad excelente para exponer en profundidad los análisis de la situación nacional que, sospecha uno, sustentan las actuaciones de estos líderes académicos.
Pero no, eso hubiese sido muy científico, y sucede que la tan cacareada ciencia no es moneda corriente en la universidad que tenemos. Al menos no dentro del paradigma de ciencia que se maneja comúnmente en otras partes.   Aquí parece que elegimos un paradigma cuyo apoyo epistemológico es la risoterapia y la manipulación religiosa. De allí la vistosa procesión con réplica de la Chinita incluida, de la que fuimos testigos con la piadosa participación de unos cuantos togados. Todo gracias a la cómplice generosidad de la autoridad eclesiástica que administra el destino de las imágenes de la Chinita.
Que nadie se engañe sin embargo: no se trata solo de toga y billete sino de toga y política, de toga y desestabilización. Por ello no se llama a asamblea para que los profesores decidan el destino del paro.
No se les cumplirán los deseos, aunque siempre podrán llamar a un chimbanguele y pedir a San Benito que les haga el milagro.





lunes, 24 de junio de 2013

Lo que la naturaleza no da, la universidad no lo presta

No deja de sorprender el empeño de la oposición en resaltar que Nicolás Maduro no tiene título universitario. Y les parece que con ese argumento dejan a la humanidad entera muda y convencida, además, de que Maduro no tiene las condiciones para ser presidente.
Como suele suceder desde los tiempos de Carlos Andrés Pérez, la oposición se autosuicida por enésima vez cuando entra en esta materia, lo cual prueba, para darles un punto a favor, que si no son duros de matar, por lo menos les cuesta morir.
Los abogados con los que cuentan deberían recordarles que la propia Constitución de 1961, la que ellos redactaron, establecía de modo taxativo que  para ser elegido Presidente de la República se requiere ser venezolano por nacimiento, mayor de treinta años y de estado seglar. Eso y nada más que eso. La Constitución de 1999 añadió a los requisitos anteriores los de no poseer otra nacionalidad y no estar sometido a condena mediante sentencia definitivamente firme.
Pero si eso no fuese suficiente, les debería bastar con recordar que  varios de los presidentes de la cuarta república no tenían el ahora tan ponderado título. No lo tuvo Betancourt, ni Carlos Andrés Pérez, ni el mismísimo Rómulo Gallegos. Y ni hablar de algunos de los candidatos propuestos para el cargo, de quienes se solía decir, en plan de darles una ayudita, que se habían graduado en la universidad de la vida.
Como sea, la idea según la cual aquellos que hubiesen recibido una educación formal eran capaces de hacer mejores gobiernos que quienes no la tuvieren es un concepto desechado hace más de un siglo. El asunto no es de títulos sino de cuáles son los intereses que se defienden. En Venezuela tuvimos un ejemplo clarísimo de hasta dónde puede llegar una tecnocracia muy pagada de sí misma durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez. El entonces presidente se rodeó de aquellos conspicuos personajillos, con Miguelito Rodríguez a la cabeza, responsables de propinarle al país el famoso paquetazo neoliberal que adobaron y justificaron con sus títulos universitarios.
Así pues, el mentado autosuicidio de la oposición se ejecuta por dos vías en paralelo: atacando a Nicolás Maduro con semejante argumento, asoman un elitismo que predispone en su contra a una amplia capa de la población, que sin haberse graduado en universidad alguna, se siente capaz y con derecho para ejercer cualquier cargo de acuerdo con las disposiciones constitucionales.
En segundo lugar, si lo que pretenden con semejante estrategia es proyectar a su candidato como un individuo mejor preparado que Maduro para ejercer la primera magistratura, deberían entonces empeñarse en que el susodicho, cuando menos, estudiara otra carrera en una universidad seria.  Por lo que se sabe y por lo que se ve, el título que hasta hoy ostenta podría, en el mejor de los casos, calificarlo para trabajar en un bufete dirigido por Blanca Ibáñez, otra titulada de la misma universidad.
No cabe duda de que el estudio y el talento cuentan, pero no hay titulo universitario que garantice ninguno de los dos. Los antiguos la sabían muy bien, no en balde el famoso lema de la Universidad de Salamanca, quod natura non dat Salmantica non praestat. Es decir, lo que la naturaleza no da, Salamanca no lo presta.






miércoles, 12 de junio de 2013

El cine como remedio casero



Dado que la profunda crisis económica por la que atravesamos trae como consecuencia que en los restaurantes no haya nunca una silla vacía,  que en los centros comerciales sea imposible estacionar y que los comercios estén abarrotados de gente ávida por gastar el dinero que se supone que no tiene, muchos de nosotros nos hemos refugiado en el cine doméstico como vía para evadir el tumulto del desenfrenado y pocas veces frustrado consumismo.
Contamos para ello con un recurso del cual carece buena parte de la humanidad: la piratería. No voy a hacer aquí apología de lo que, a la luz de las leyes del mercado, la propiedad privada, el comercio y, en fin, el capitalismo todo, es absolutamente ilegal. Pero hay que ver como ayuda.
Si uno sufre de alergia crónica y rechazo agudo a los centros comerciales, le viene muy a propósito el cine doméstico. Sin hablar del costo de ir a ver una película en una sala abarrotada de comedores de pop corn  -ya no se llaman cotufas y mucho menos gallitos- en unos baldes de los que en otro tiempo servían para remojar la ropa percudida y regar las plantas.
Pero no todo puede ser perfecto. Hay un factor que iguala  a las grandes salas de cine con el modesto DVD doméstico, ese factor se llama Hollywood. Dicen que en Europa, donde existe una industria cinematográfica de larga tradición, Hollywood tiene una cuota de pantalla del 70 por ciento. Es decir, de cada 100 películas que se exhiben 70 son producidas en Hollywood. En Venezuela esa cuota no ha de ser inferior al 99,5 por ciento. Eso no sería un inconveniente si no estuviésemos hablando de un cine cuya calidad suele ser pésima y cuyos patrones culturales promocionan una visión del mundo en la que Estados Unidos y sus aliados son los paladines de la democracia y la libertad, mientras el resto de la humanidad es un atajo de inservibles que si aún no son  terroristas, lo serán muy pronto.
Con semejante situación nos hemos convertido en una audiencia incapaz de discriminar entre un bodrio y un producto cinematográfico de calidad aceptable. La oferta a la cual tenemos acceso es exactamente la misma se trate de las salas de cine o de las copias piratas que nos ofrecen en las esquinas. De hecho, los únicos críticos de cine con los que contamos son los vendedores de copias, quienes promueven las películas basados en la cantidad de patadas y de muertos que en ella se produzcan.
Nuestros  adictos consumidores de cine, no suelen siquiera sospechar que se están perdiendo de una oferta fílmica que va mucho más allá del cine europeo, sino que incluye la producción de países con una cuantiosa y destacada filmografía que  excede en mucho, en cuanto a calidad se refiere, al promedio de las producciones de Hollywood. Me refiero a países como Irán, India y China, para no hablar del cada vez más visible cine latinoamericano.
Mientras desde el Ministerio para la Cultura inventan la fórmula para defender nuestros derechos como espectadores, siempre podremos recurrir a la internet para descargar algunas de esas películas gracias a los cinéfilos de todo el mundo.
Para quienes preferimos el cine como remedio casero, solo internet salva.


miércoles, 22 de mayo de 2013

Pequeña aventura en lancha de PDVSA con lago de fondo



Relato aquí, en estilo casi telegráfico,  un viaje que tuvo lugar el viernes 17 de los corrientes
Junto a una pareja de amigos que distribuyen libros, participé en un operativo organizado por la Armada Nacional Bolivariana en Congo Mirador, uno de los pueblos palafíticos conocidos como pueblos de agua, en el sur del Lago de Maracaibo. Además de libros, el operativo incluía a Mercal, el Saime y a un grupo de cristianos pentecostales que llevaban asistencia médica. En total, unas cincuenta personas. El transporte se hizo en una lancha aportada por PDVSA, con capacidad para unos 150 pasajeros.
Iniciado el recorrido, y de buenas a primeras, los motores de la embarcación pierden potencia y, por ende, se detiene en medio del lago. El asunto no se extendió más allá de unos quince minutos y continuamos  viaje después de que se hubiesen limpiado los filtros del combustible.
Se había anunciado un recorrido de cuatro horas, de modo que no dejó de ser una sorpresa cuando, superadas las cuatro horas y media de navegación, nos enteramos de que habíamos ido más allá de nuestro destino y era, pues, necesario devolverse. Apuntemos aquí que la lancha en cuestión está equipada con un muy vistoso GPS.
Largo y exitoso operativo en el Congo en cuyo contexto es necesario destacar la ardua labor del personal militar que lo coordinaba.
Humedad, calor, sed, sudor.
Ya noche cerrada, abordamos la lancha e iniciamos el regreso a eso de las 11 pm. Veinte minutos después la embarcación se detuvo completamente por FALTA DE COMBUSTIBLE. Como dije: noche cerrada, ni una sola luz encendida en la embarcación y esta a la deriva.
Transcribo el diálogo entre el capitán de la lancha y uno de sus marineros que alcancé a oír algunos momentos después de que la embarcación golpeara contra algo:
-       Se nos va a complicar la vaina, el viento nos está arrastrando hacia las plataformas.
-       No le tengo tanto miedo a las plataformas como a los circuitos eléctricos.
Se hizo contacto para que otra embarcación fuese a remolcarnos y eso sucedió a las 4 am. Es decir, cuatro horas y media a la deriva.
Mareos, vómitos, cansancio, sueño y cánticos evangélicos.
El regreso incluyó el trasbordo a otra lancha de Pdvsa que traía trabajadores petroleros de regreso a Maracaibo. Si no habíamos tomado conciencia de la peligrosa situación en la que habíamos estado, allí no hubo más remedio que  enterarnos.
Esos trabajadores no salían de su asombro. No podían creer que una lancha se quedara en medio del lago por falta de combustible; que nunca se nos instruyera para que  usáramos los salvavidas; que el rescate del cual dependía la vida de más de 50 personas tardara más de cuatro horas en llegar; y           la pobre capacidad de respuesta de la gerencia encargada de emergencias como esa.
Escuchado literalmente: Ustedes no saben el peligro que corrieron. Suerte además que no les tocó un mal tiempo. De haber sido así quizás no lo estarían contando. En un mal tiempo hay quien llora, hay quien se orina y de vez en cuando tenemos una baja.
Hablando de bajarse, veinte horas después de lo programado, cerca de la una de la tarde, tocamos puerto en Maracaibo.
Si alguien debe tomar nota de todo este asunto, pues que la tome.



miércoles, 8 de mayo de 2013

¿Dónde está el fascismo?



La oposición está ofendida. Le parece un despropósito que se la califique de fascista. Reacciona apropiándose del discurso del chavismo, cosa que ha aprendido a hacer muy bien, y devuelve el golpe en términos idénticos calificando de fascista al gobierno.
Preguntémonos, para beneficio de los confundidos, ¿dónde está el fascismo?
Como se sabe, al fascismo recurren las oligarquías cuando su control del Estado y de la economía ya no puede mantenerse bajo formas de gobierno más o menos edulcoradas y revestidas de democracia.
El fascismo es elitista, violento e imperialista per se, pero no podría sostenerse y avanzar si no fuese por uno de sus  fundamentos esenciales, el que lo define por naturaleza, es decir, el racismo y la discriminación. Al fascismo le es inevitable dividir a la humanidad en dos porciones desiguales: nosotros, los buenos, inteligentes y bellos; y ustedes, estúpidos, feos y tierruos.
Sucedió en la Italia de Mussolini y en la Alemania nazi de manera exponencial y, al final, catastrófica, pero sigue ocurriendo aún hoy en muchos países, y Venezuela no es en esto una excepción.
Desde sus inicios, el discurso antichavista se revistió de racismo y de discriminación. Chávez fue siempre, a los ojos de lo más recalcitrante de la élite opositora, un zambo ignaro, un indio feo e inculto que no cumplía, ni de lejos, con los parámetros de belleza y de blancura indispensables, según ellos, para ser presidente.
Por extensión, ser chavista equivale a tierruo, muerto de hambre, vendido y alcohólico. ¿Puede la oposición negar que son esos los términos con los que reiteradamente,  durante años, se han referido a los chavistas desde editoriales y artículos de periódicos? Por no hablar de ciertos medios digitales convertidos en verdaderas letrinas del insulto y el menosprecio.
El problema de desdeñar al otro hasta esos extremos es que en algún momento tendrá efectos prácticos. Y eso fue exactamente lo que sucedió con los hechos de violencia que se desataron a raíz del desconocimiento de los resultados electorales por parte de la oposición.
Si el otro no vale nada o es una amenaza, eliminarlo es un mérito. Funcionó en la Alemania de Hitler y funcionó aquí el 15 y el 16 de abril.
Ofendidos como están, los voceros de la oposición reclaman que se les endilgue el calificativo de fascistas, y para probar que no lo son, rechazan genéricamente la violencia.  Ninguno de ellos se pregunta, sin embargo, por qué todos los muertos de esos dos días eran chavistas. A ninguno le interesa escarbar un poco en su propio patio para descubrir de donde mana esa furia que no se arredra al momento de quitarle la vida a un compatriota.
Quizás no les interesa escarbar porque saben muy bien lo que encontrarán. No en balde han pasado tres lustros sembrando desprecio y convenciendo a una parte de la población de que la otra parte bien podría volver a la condición de invisibles que tenían en otros tiempos cuando, piensan ellos, todo marchaba muy bien el país.
No hay siete millones de fascistas en la oposición, eso es seguro. Hay en cambio en su dirigencia una política que impulsa la violencia e indica, sin asomo de duda, dónde está el fascismo.






miércoles, 1 de mayo de 2013

Oro rojo de Udón Pérez: petróleo y soberanía



Udón Pérez puede que tenga el dudoso honor de haber sido, hasta hoy, el más decorativo de los poetas zulianos. Y sin embargo, tal afirmación solo se sostiene si no se ha leído Oro rojo, seguramente el último poema de su vida.
Se trata de un poema narrativo donde se despliega una espléndida panorámica del arranque de la explotación petrolera en el Zulia. La sorpresa  reside en que quien hasta ese momento nos había acostumbrado a una poesía más o menos convencional, se involucra repentinamente, y desde una perspectiva crítica y de cuestionamiento, en un evento histórico que signará en lo sucesivo el destino de Venezuela.
Como si hubiese leído al Uslar Pietri que mucho tiempo después convocaría a sembrar el petróleo o al Juan Pablo Pérez Alfonso que alertaría sobre los efectos nocivos del estiércol del diablo, Udón Pérez desdeña  la nueva riqueza como motor de progreso; al tiempo que  se lamenta por el sacudón que la industria produce en el país con efectos como el éxodo rural y el abandono de formas de vida tradicionales.
En Oro rojo, las relaciones de trabajo entre el criollo y el extranjero,  la discriminación y  la crueldad ejercida por los adelantados de las compañías petroleras, se describen en un inédito tono de denuncia. Udón Pérez escribe, a conciencia, un panfleto del cual seguramente esperaba que incidiese de algún modo en la situación planteada. Y si es verdad que no descuida sus estrategias de calidad estética, no lo es menos que estamos frente a un análisis lúcido y pormenorizado del proceso de implantación de la industria petrolera. Udón Pérez es, por ejemplo, el primero que en una fecha tan temprana como 1926  incita abiertamente a la huelga petrolera. Piénsese que en ese momento muy pocos podían siquiera imaginar un hecho semejante, dada la fuerza del régimen gomecista y las aún muy nuevas esperanzas de progreso y redención social depositadas en la naciente industria.
Para Udón Pérez, se trata de un asunto de soberanía. Y para exponer su punto de vista, identifica alegóricamente a Venezuela con una hermosa muchacha llamada Patria, quien tendrá que hacer frente al intento de violación por parte de uno de los capataces extranjeros.
A fin de condicionar  el ánimo del lector, la violación se toca inicialmente de modo simbólico o metafórico, hasta llegar a la descripción realista de la escena en la que Patria prefiere inmolarse antes que ser poseída por el invasor. Se nos ha dicho con anterioridad que las máquinas de los extranjeros  están hechas para el “estupro de tierras intactas” y que ellos mismos son “desfloradores de tierras doncellas”. Así pues, acosada y ya sin escapatoria, Patria se inmola y produce el incendio apocalíptico que describe el aparte final del poema cuando el extraño “.quiso ceñirla, postrarla, borracho / de alcohol y lujuria”.
Este poema narrativo de 1926, expone a un Udón Pérez inédito y combativo, y se convierte en la primera muestra conocida de lo que en conjunto solemos denominar literatura del petróleo. Además, al ser su tema central la soberanía nacional, cobra una actualidad que reivindica la obra del poeta de modo mucho más eficiente y oportuno que la inveterada costumbre de copiar algunos de sus versos en las señales de tránsito de Maracaibo.




miércoles, 24 de abril de 2013

...y escribir un libro



En otros tiempos se recalcaba que nadie había de transitar por este mundo sin tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro.  El primer encargo parece estar a salvo, dado que la placentera ceremonia que conduce a la reproducción suele practicarse  tan profusamente, que si la humanidad ha de verse en peligro de extinción no será por una merma dramática en la cosecha de niños.
En lo atinente al árbol, no pareciera que el humilde acto al que invita atraiga hoy a mucha gente. La acelerada desertificación del planeta es prueba irrefutable de que a muy pocos les parece que la siembra de un bucare sea algo para vanagloriarse en la vejez.
¿Y qué decir del libro? Optemos por el lado optimista: si bien el mandato de escribir un libro como fin existencial no parece estar muy en boga en estos tiempos, a cambio puede notarse un incremento importante en la promoción de la lectura. Y nada de malo hay en ello; al fin y al cabo Jorge Luis Borges solía afirmar que se enorgullecía más de los libros que había leído que de aquellos que había escrito.
Claro está que, como todo, la promoción de la lectura tiene sus bemoles. Las editoriales privadas y los grandes distribuidores, por ejemplo, están interesadísimos en que la gente lea más, o por lo menos en que compre más libros. Algunos de ellos han llevado a cabo ingeniosísimas campañas destinadas a estimular el acercamiento de la población a los libros. Desafortunadamente, no siempre la eficiencia de las campañas de promoción se corresponde con la calidad de lo que ofrecen. Si así fuese, Paolo Coelho no sería uno de los autores más conocido del mundo y no estaría recibiendo ingresos por más de sesenta millones de ejemplares vendidos.
Con relación a este asunto de la lectura y la calidad de lo leído, recuerdo que hace muchos años le comenté a una amiga norteamericana mi impresión de que en su país se leía bastante, puesto que difícilmente se podía entrar a una casa sin tropezarse con un buen número de libros. Sí, me contestó, leen bestsellers   con el mismo criterio con el que ven televisión, es decir, sin ningún criterio. Suele decirse que leer cualquier cosa es mejor que no leer nada. Se podría en principio estar de acuerdo con tal afirmación, aunque no es menos cierto que a ese respecto podría darse una larga discusión de muy variadas aristas.
Por fortuna no escasean los esfuerzos orientados a que la gente no solamente lea, sino a que lea buenos libros. La internet es, en esta materia, la gran oportunidad y la gran amenaza al mismo tiempo. A la par que aumentan los sitios desde los cuales es posible descargar gratuitamente los textos que contienen íntegra la tradición cultural de la humanidad, la internet promueve hábitos de lectura espasmódicos que pocas veces excede de unas diez líneas antes de saltar al próximo sitio.
Por ahora, los libros impresos parecen ser nuestra mejor apuesta. Los venezolanos, además, tenemos el privilegio de disponer, gracias a las ediciones del Estado, de una oferta editorial creciente en el número de títulos y con un costo que, a diferencia de otros países, nos permite acceder a ellos sin sobresalto alguno de nuestro presupuesto. ¿Quién puede negar que, hoy por hoy, cualquier tour de libros debe, forzosamente, incluir una visita a las Librerias del Sur?


martes, 16 de abril de 2013

Vicente Díaz: sí pero no





Pocas actitudes tan tristes y mediocres como la del rector del CNE Vicente Díaz.  El personaje encaja a la perfección en la frase de San Pablo que he citado otras veces: o frio o caliente, porque tibio lo vomito.
Reconocido, y prácticamente confeso, vocero de la oposición en el organismo electoral, el rector ha decidido jugar el papel de sí pero no en las actuales circunstancias.
Él cree en la limpieza del acto de votación, de la trasmisión de los datos y, por ende, del resultado final de la elección presidencial, pero pide el conteo manual del cien por ciento de los votos “para darle tranquilidad a la población” según sus propias palabras. Y de una vez adelanta que contar manualmente las papeletas no cambiará el resultado obtenido. Vale la pena preguntarse si su aporte a la tranquilidad ciudadana no hubiese sido mucho más significativo si se hubiese ceñido a reafirmar que los resultados son limpios, sin abrir esa puertecita a la sospecha y la duda en que se convirtió su llamado al conteo manual.
El rector sabe, y no tiene empacho en expresarlo frente a lo medios, que el ordenamiento jurídico del país exige que, en caso de cuestionamiento de los resultado electorales, se siga adelante con la proclamación del candidato electo y que, quien no esté de acuerdo con tales resultados, inicie por los canales establecidos en la constitución y las leyes la impugnación del proceso. El rector lo sabe; el rector lo manifiesta públicamente, pero no asiste al acto de proclamación del presidente electo porque no se atendió su solicitud de conteo manual.
Se nota que el rector quiere ser honesto, el rector quiere conservar lo que seguramente se le antoja como su sólida reputación de hombre legalista. Pero el rector no se atreve a negarse frente a quienes le exigen que colabore con el plan desestabilizador decidido, a todas luces, mucho antes del proceso electoral.
Vicente Díaz está obligado a un papel bastante más activo del que hasta ahora ha desempeñado para calmar lo ánimos. Frente a una masa cuya más prolija fuente de desinformación es Twitter, le corresponde explicar con lujo de detalles y reiterándolo hasta donde sea necesario, su convicción de que el tan añorado conteo manual no serviría para cambiar los resultados y se convertiría, simplemente, en una excusa adicional para cantar fraude.
El problema reside en que no le va a resultar fácil a Vicente Díaz difundir ese mensaje, en caso de que estuviese dispuesto a hacerlo, pues ya le cerraron las puertas en Globovisión. Quienes no alcanzaron a verlo en vivo, pueden descargar de internet el video en el cual Leopoldo  Castillo, sin más ni más, lo saca del aire en cuanto el rector explica que no hay nada cuestionable en el proceso electoral. A los medias tintas no los quiere nadie. Una cosa es mantener una posición  ecuánime y otra intentar sostener simultáneamente dos posturas abiertamente contradictorias entre sí.
Está claro que la dirigencia opositora busca que el nuevo gobierno nazca con un plomo en el ala, porque no otra cosa sería aceptar las exigencias que, sin fundamento legal y constitucional, se le quieren imponer.
Vicente Díaz, por su parte, está suficientemente grandecito para comprender que no se puede estar a distancia equidistante entre la legalidad y la impostura.


martes, 9 de abril de 2013

Promocion de la lectura: el problema no son los niños



La reciéntemente finalizada Feria Internacional del Libro de Venezuela (FILVEN), que se llevó a cabo en Caracas del 13 al 20 de este mismo mes,  estuvo dedicada al tema de la promoción de la lectura. Tuve allí la oportunidad de escuchar más de una intervención en las cuales, especialistas en la materia, exponían su teorías o sus experiencias con relacón a lo que debe hacerse para estimular el hábito de leer.
Lo primero que el oyente de tales intervenciones saca en claro es que hay una terminología ya establecida que se repite de un experto a otro. Esa teminología incluye siempre palabras como entusiasmo, amor, creatividad, imaginación y, por supuesto, libertad.La propuesta suele consistir en que un promotor con suficiente entusiasmo por la empresa que se propone, es capaz de despertar en el niño el amor por la lectura, gracias a que este dispone de un caudal imaginativo y por ende una creatividad en estado virgen que le abren las puertas al disfrute y la comprensión de lo leído.
No hay razón alguna para dudar de tal propuesta. Sin dudas hay seres dotados de una especialísima capacidad, algo así como un don innato, para lograr la magia de trasmitir a otros su propio amor por los libros. Y no es menos cierto que las experiencias que emprenden suelen mostrar resultados sorprendentes entre el grupo de niños, y también de jóvenes, que se ponen a su alcance.
Pero el problema no son los niños. Siendo maleables como son, igual podrían estimularse con cuentos, poesías o novelas que con Bob Esponja. Claro que lo literatura los salvaría de la inevitable estupidización producto del Esponja o de cualquiera de sus congéneres.
El problema, en mi criterio, es lo que suelo llamar los vectores. Al igual que la mayoría de los virus y las bacterias, que necesitan un medio de transporte que les permita diseminarse, el amor por la lectura necesita unos transmisores que no pueden ser solamente quienes, intencional y voluntariamente, han elegido convertirse en promotores de la misma.
El plan nacional de lectura debería enfocarse en los adultos, y especialmente en aquellos que, por el tipo de labor que realizan, están en la posibilidad de producir un efecto multiplicador, vale decir, los maestros. Sabemos a ciencia cierta que ser maestro y ser lector no son condiciones que vayan necesariamente unidas. Un plan conjunto de los Ministerios de  Educación y Cultura, podría organizar todo tipo de actividades para los maestros, en su tiempo y lugar de trabajo, con el objetivo de transmitir, de contagiar, hasta donde ello sea posible, ese don del que se habló líneas arriba.
Otro tanto podría hacerse en el caso de los padres. De hecho, sé de al menos una iniciativa dirigida a un grupo de madres con el objetivo de despertar en ellas el interés por la lectura, hábito que una vez adquirido, se trasmintiría de modo natural a sus hijos.
El problema son los padres y los maestros que no leen. Si se lograra revertir esa situación, seguramente ya no tendríamos que preocuparnos por los Bobs Esponjas que con inaudita eficiencia absorben hoy los sesos de nuestros muchachos.

El innombrable Chávez



La apuesta sigue siendo contra Chávez. La oposición sabe que se enfrenta simultáneamente a dos candidatos y le gustaría acabar  al menos con uno de ellos. Y le apuntan a quien ya no puede defenderse por sí mismo. Por eso no tienen paz con Chávez. No quieren verlo en las paredes, en afiches, en televisión. Son los adalides del descanso del Comandante. Les indigna que Maduro lo nombre. Es un irrespeto dicen. Es evidencia del escaso discurso de Maduro. No se construye un país mirando al pasado. Borrón y cuenta nueva.
Que Chávez no exista es el nirvana de la oposición.
Ellos no renuncian a nada, ni siquiera a un candidato que ha demostrado hasta extremos matemáticos que es un pésimo candidato. Lo mantienen porque no pueden hacer otra cosa, porque no tienen con qué, como reza la expresión popular.
Pero quieren que el chavismo renuncie a Chávez. Hasta disponen de unos pazguatos que ocupan su tiempo y su escasa materia gris en contar las veces que Maduro alude al Comandante. Cada una de esas alusiones, dicen, son prueba fehaciente del irrespeto a la memoria del líder fallecido y de la incapacidad de Maduro para desarrollar un discurso propio.
A diferencia del chavismo, el drama de la oposición es que no puede hacer gala de su pasado, lo de ellos es aparecer como si acabasen de caer en el mundo, sin origen conocido; una verdadera epifanía política. De allí que nunca se les escuche hablar de sus mentores ideológicos, que no hagan la más mínima alusión a su participación en los gobiernos de la Cuarta República, que jamás intenten rescatar alguna ejecutoria de esos gobiernos que puedan exhibir como un logro superior a los alcanzados por la Revolución Bolivariana.  ¿Ha oído alguien a Capriles, por poner un ejemplo, justificando su actuación en los acontecimientos de la Embajada de Cuba, durante el golpe de Estado de 2002? Su estrategia es el disimulo y el ocultamiento.
Al chavismo, en cambio, le exigen que deje de reconocerse en quien aún muerto encarna la unidad y la coherencia de un proyecto de país del cual ellos a todas luces carecen. El pensamiento de Chávez, su imagen, su arraigo profundo en el alma del pueblo es el más importante activo político de la revolución en este momento, un ariete electoral de una eficiencia demoledora. ¿Ante tamaña realidad qué otra cosa puede esperarse de la oposición sino que pida a gritos que Chávez se vuelva innombrable? Lo gracioso del asunto es que esa exigencia no se presenta como lo que es: una táctica de campaña, sino como defensa de la memoria del propio Chávez, a quien hasta ayer consideraban un zambo vulgar que no merecía siquiera la consideración que se dispensa a un animal doméstico.
No se puede negar que han logrado  posicionar dos cosas: la primera, que todo ataque a Nicolás Maduro comience con una especie de reivindicación del Comandante. La segunda, colofón natural de la primera, es que Maduro no sirve porque Chávez sí servía.
Nos obligan a mirar a Maduro a través del cristal de una supuesta defensa e identificación con Chávez, con el objeto de crear una imagen disminuida del candidato.
En contraste, lo lógico, lo consecuente, lo inteligente, es mirar a Nicolás Maduro bajo el brillo de la luna llena que iluminó al Comandante cuando  lo propuso para que ocupara su lugar.

miércoles, 20 de marzo de 2013

¿Fácil o difícil de leer?




Luis, un amable lector de esta columna, se queja de lo complejo de mi lenguaje.  A diferencia de otros columnistas, dice él, usted escribe de una manera que no es cómoda para mí, usa palabras complicadas. Tuve que recurrir a un diccionario para buscar el significado de tales palabras y entender, al fin, su  escrito. Concluye, como es natural, pidiéndome que escriba con palabras más sencillas.
Lo que sigue son algunas reflexiones a modo de respuesta a su inquietud.
Creo, Luis, que uno de los problemas más graves que tenemos que resolver en el país es el deficiente manejo del lenguaje, hecho este evidente entre los escolares, sus profesores, profesionales con variadas especializaciones, políticos, comunicadores sociales.
Como se sabe, el lenguaje se relaciona directamente con la organización y manejo del pensamiento y, por ende, del conocimiento. En otras palabras, si no hablamos con la suficiente competencia, seguramente tampoco  pensamos con la bastante claridad ni seremos capaces de aprender, organizar, innovar o comunicar ningún tipo de conocimiento.
El lenguaje es la herramienta del pensamiento y del saber. Si asumimos eso, es fácil concluir,por ejemplo, que un maestro que no domine el idioma que hablamos, no solo será incapaz de enseñar lengua, sino que le será igualmente cuesta arriba enseñar matemáticas,  geografía o valores ciudadanos. Lo mismo puede decirse de un médico,  de un ingeniero o de cualquier otro profesional.
Intento usar, hasta donde puedo, los recursos que el castellano pone a mi disposición a la hora de expresar lo que pienso. No rebusco innecesariamente; no aspiro a que mis textos resulten ilegibles para nadie, pero tampoco renuncio a una riqueza que nos pertenece a todos y de la cual no deberíamos privarnos. 
Me pides que baje el nivel de enunciación de lo que escribo. He oído esa misma solicitud desde mis días de estudiante, cuando algunos compañeros se quejaban porque no entendían lo que el profesor explicaba puesto que, decían, el nivel era muy alto. Pues bien, en relación con la lengua, hemos bajado tanto el nivel, y durante tanto tiempo, que ahora tenemos muchos maestros con mínimas competencias lingüísticas; tenemos estudiantes universitarios en pregrados, maestrías e incluso doctorados, incapaces de escribir dos cuartillas inteligibles y originales; tenemos locutores de radio y otros comunicadores sociales a quienes se les hace difícil exponer, coherente y fluidamente, un par de ideas. Y esa dificultad para expresarse no afecta solo el modo como dicen algo, sino que incide directamente en lo que dicen, en su capacidad para interpretar lo que sucede a su alrededor, en el país, en el mundo. En conclusión,  si como sociedad manejamos un lenguaje cada vez más pobre, seremos una sociedad cada vez más embrutecida.
Tenemos el deber colectivo de ser, día a día, mejores hablantes y eso significa, entre otras cosas, ser mejores lectores, preocupados por hacer un uso amplio de la maravillosa lengua que hablamos, en vez de conformarnos con un lenguaje limitado y elemental. Si hacemos eso, nos estaremos haciendo un gran favor a nosotros mismos pero, más aún, estaremos haciéndole un inmenso aporte al país todo.

martes, 12 de marzo de 2013

Inmaduro y sin carisma



¿Y cuando fue que la derecha descubrió en Chávez tantas cualidades como ahora le destacan? Que yo recuerde, el discurso de la oposición aludió siempre a un militarote ignaro, sin sensibilidad social, soez, gran demagogo,  autoritario, con una perversa capacidad de imponerse, ninguneándolos, a quienes le rodeaban.
Ahora, cuando el objetivo es descalificar a Nicolás Maduro como candidato a la Presidencia, le descubren al Comandante un liderazgo que no deja de sorprender. El asunto ha llegado a tanto, que la propia Asociated Press pareciera haberse convertido en agencia publicitaria de Chávez. Para la  A.P. de estos días, Chávez estaba dotado de un asombroso vigor y un travieso humor; poseía un estilo magistral para expresarse y una presencia carismática que cautivaba a sus seguidores. ¿Qué tal?
A raíz del deceso del Presidente, asombra tantos opositores que acaban de descubrir sus virtudes. Y no me refiero a quienes por respeto le dieron una tregua a los insultos, sino a aquellos que, en un verdadero salto de talanquera discursivo, dicen hoy exactamente lo contrario de lo que dijeron ayer.
Prefiero a los que no amainaron un ápice en su histeria. Decía San Pablo, o frío o caliente porque tibio lo vomito. Me quedo, pues, con la frialdad o la calentura, depende de cómo se mire, de un Vargas Llosa, por ejemplo.  Para el ilustre escritor, ahora en fase de senilidad aguda, Chávez no era sino un resabio del caudillismo del siglo XIX; contrariamente, le parece de lo más progresista que el Rey de España, parado entre su querida y su elefante recién sacrificado, le confiera  un título nobiliario del siglo XIII.
En fin, todo se vale si el resultado es contribuir con la descalificación de Maduro, de quien ya se nos ha informado que no tiene ni la fuerza, ni el carisma, ni la formación, ni la osadía, ni la madurez que sí tenía Chávez.
Esta es la gente que la tiene tomada con el asunto del autobús y el chofer y de otras estupideces que los aleja, cada vez más, de esa mayoría de venezolanos cuya vida transcurre en oficios como el de chofer u otros similares, oficios que le parecerán a la oposición igualmente despreciables. Se trata de la misma gente que en otros momentos  apoyó la candidatura de verdaderos pelmazos cuyo nombre no cito por respeto, pues ya están todos muertos, incluido Manuel Rosales. Vale preguntarse además qué clase de candidato le oponen a Nicolás Maduro ¿Será que no lo ven cuando balbucea en televisión? Capriles es la prueba viviente de un fenómeno contra natura que consiste en tener el pensamiento más lento que el lenguaje.
Reflexionando en esto último, me pregunto si estaré en lo correcto al pensar que la oposición habla bien de Chávez para poder afincarse contra Maduro. Tal vez la explicación de esa cortesía resida en el temor a hablar mal de un muerto, no suceda que los jale por los pies durante la noche, como indica la creencia popular. Nada teman, al fin y al cabo llevan catorce años acostumbrados a que Chávez los jale de una derrota a la siguiente.







No perdono a la muerte enamorada



 “Mientras los niños mueran
Yo no logro entender la misión de la muerte”

Con esos dos versos, Miguel Otero Silva reafirmaba la condición arbitraria de la muerte. Lo que la tradición occidental ha encarnado en un lúgubre personaje dotado de guadaña, es, a no dudarlo,  un ente caracterizado por la estupidez y el capricho, incapaz, por ende, del menor sentido de la oportunidad.
Lo extemporáneo de la muerte del Comandante Chávez  es algo que muy pocos dejarán de percibir, incluso entre aquellos que siempre le adversaron. No solo porque cronológicamente hablando, su expectativa de vida hubiese podido exceder en décadas el momento de su fallecimiento, sino porque la historia le había asignado un rol, a todas luces inconcluso, en el devenir de la Venezuela contemporánea.
Para quienes trajinamos las cuatro décadas finales del siglo XX, el panorama político y social del país no podía ser más desolador. La desesperanza era el sino de los tiempos. Quienes entonces aún  se aferraban, aunque no fuese mas que una reserva del alma, a un proyecto de redención colectiva, entendían que nada ocurriría durante mucho tiempo que alterase la pendiente que sin pausa ni tregua hundía a Venezuela y a los venezolanos en la abulia y la miseria.
Incluso sin las consecuencias ulteriores que tuvo, la insurrección cívico militar de 1992 liderada por el Comandante Chávez, habría logrado el nada desdeñable efecto de ser una campanada capaz de poner en alerta a una población que llevaba mucho tiempo abotagada por un discurso sin fin, en el que se repetía que seríamos pronto más felices y prósperos si aceptábamos ser cada día más tristes y pobres.
Recuerdo la inesperada opinión de un amigo, a los pocos días de la insurrección, según la cual nada mejor habría podido pasarnos, puesto que vivíamos en un país sin expectativas, sin proyectos y, por ende, sin futuro. Y aunque ese amigo terminaría prontamente engrosando las filas de la oposición más visceral al gobierno de Chávez, la suya me parece aún hoy una explicación que resume en pocas pero eficaces palabras, el punto de depresión al que habíamos calado como pueblo.
Se ha dicho sin pausa que Chávez  era  un vendedor de ilusiones, y es casi risible constatar que quienes eso afirmaban, no cayeron nunca en cuenta de la extraordinaria verdad que expresaban. Nadie como el Comandante percibió que la necesidad más perentoria de los venezolanos, en ese momento, era el vislumbre de un horizonte posible, cosa que la mayoría de nosotros fuimos incapaces de ver, entregados como estábamos a la desesperanza y la derrota.
La imperdonable muerte enamorada del poeta Miguel Hernández, nos ha privado de un líder y visionario capaz de repartir esperanzas y sueños, pero también vitalidad y confianza en un pueblo que amó la ilimitada sencillez de su alma, su capacidad de ser llano, su humildad para equivocarse y reconocerlo, su imposibilidad esencial de separarse de lo más autentico del ser venezolano.


miércoles, 27 de febrero de 2013

El dilema de los Oscars: no hay nada en Argo


Solía yo tener un amigo que se ufanaba de no abandonar nunca una sala de cine por muy mala que fuese la película. Durante años hice mío ese principio, y en no pocas ocasiones me amarré a la butaca desoyendo una vocecilla persistente que me susurraba al oído: pare de sufrir.
No más. Hace tiempo que me relevé a mí mismo de semejante obligación. De modo que cuando estoy frente a una pantalla viendo algo como Argo, me bastan 15 minutos para decidir si vale la pena seguir allí invirtiendo el  tiempo, cada vez más corto, que me queda para ver cosas que valgan la pena en este mundo.
Para este asunto de no perder tiempo, lo bueno del 99 por ciento del cine de Hollywood es su carácter aristotélico.  Es decir, una vez visto el principio, uno sabe a ciencia cierta cómo sigue y cómo termina. En eso de ser predecibles, las películas norteamericanas compiten ventajosamente con cualquier telenovela de niño rico con madre malvada enamorado de muchacha pobre.
Y además están los Oscars. A pesar del título de esta nota, no suele haber dilema en esos premios. Con las excepciones del caso, terminan siendo una muy buena guía de lo que no vale la pena ver. Me imagino a los sesudos miembros de esa academia decidiendo, con una cartilla en la mano, cuales películas premiar. Esa cartilla ha de estar llena de indicadores al estilo de: mejor persecución de carros; mejor y más ruidosa explosión; número de personas ejecutadas a sangre fría por nuestro héroe; y, por supuesto, la inevitable victoria de Occidente sobre los criminales, crueles, sanguinarios y demás adjetivos aplicables a esa homogénea y detestable parte de la humanidad conocida como  los islamistas.
Que Hollywood esté involucrado en el intento de construir un estereotipo según el cual los 1000 millones de musulmanes son todos unos fundamentalistas prestos a atacar a Occidente, ya no sorprende a nadie. Por ello, y más allá de cualquier antecedente histórico, películas como Argo son absolutamente incapaces de abordar un evento cualquiera desde la complejidad propia de los acontecimientos humanos. Muy por el contrario, suelen sumarse a la propaganda oficial cuyo objetivo no es otro que preparar las condiciones que permitan nuevas arremetidas como las invasiones a Irak y Libia.
Quien  quiera familiarizarse con esa campaña de satanización del Islam en sus distintas vertientes, prensa, cine, academia, puede acercarse al ya viejo libro de Edward Said, publicado en castellano con el título de Cubriendo el Islam. Said demuestra cómo se ha impuesto la idea de que lo que está planteado es un choque de civilizaciones frente al cual debemos decidir quién sobrevive, si ellos o nosotros. Con tal fin, se obvian todas las posibles diferencias entre individuos, comunidades e incluso naciones, en aras de crear un ellos genérico cuyo objetivo es destruir a un igualmente genérico nosotros. Y si se trata de defendernos, entonces todo se vale, incluso la tortura tan orgullosamente representada en ese otro bodrio cinematográfico titulado La noche más oscura.
Tal vez sí hay algo en Argo: la convicción de Hollywood de que somos tontos y nos tragamos todas sus patrañas. Desgraciadamente, no pocas veces aciertan.









Maracaibo: Del Paseo Ciencias y otros cuentos



Que yo recuerde, pocas cosas han sido tan traumáticas en Maracaibo como la destrucción del Saladillo. Junto a los caterpillars y las mandarrias, aquella barbaridad trajo aparejados el mucho dolor y la poca resistencia de una comunidad obligada a presenciar cómo se cortaban, con entusiasta alevosía, una parte medular de sus raíces.
Para compensar la mutilación, o para lamentarse por ella, surgió una verdadera andanada de productos culturales que intentaban conservar la esencia de un modo de vivir estrechamente ligado a su desaparecido entorno físico. Gaitas, crónicas, fotografías y videos se convirtieron en una especie de mea culpa colectivo, en un inconcluso acto de contrición. De hecho, más allá del momento mismo de la destrucción, el atentado contra el Saladillo nunca tuvo defensores. Desde el presidente Caldera, hasta el gobernador Hilarión Cardozo, optaron por pasar agachados frente a una monstruosidad que no habrían podido defender con ningún argumento diferente al simple y obtuso ejercicio del poder.
El desatino cultural e histórico trajo aparejado uno de carácter arquitectónico: la construcción del así llamado Paseo Ciencias, con una pobreza de diseño y falta de imaginación tal, que no podían pasar desapercibidos para nadie. Salvo un par de esculturas de artistas reconocidos, la inocuidad de ese Paseo Ciencias, con su enorme acumulado de revestimiento cerámico que lo asimilaba a un gigantesco baño público, puede observarse, aún hoy, allí donde la vegetación no ha tenido la nobleza de ocultar lo que los maracuchos nos merecíamos, según aquel gobierno de Copei
Y como dicen que siempre se puede caer un poco más bajo, llegó ese esteta sublime llamado Manuel Rosales y mandó a construir, frente a la Basílica de la Chinita, ese adefesio que con el nombre de Paseo del Rosario está destinado a ser una cátedra permanente de mal gusto y  una demostración in situ de cómo un supuesto arquitecto, siempre que tenga apoyo, puede hacer todo aquello que en las escuelas de arquitectura enseñan que no debe hacerse. Llegó a tanto la audacia de este dúo dinámico de la fealdad, integrado por Rosales y Namazi, que se atrevieron a levantar, en plena Santa Lucia, una plazoleta equipada con ángeles cuyas trompetas anuncian que el redentor de la belleza, de la pertinencia arquitectónica y del respeto al entorno tardará mucho, pero mucho, en llegar.
Ahora, cuando se anuncia un nuevo proyecto para el Paseo Ciencias, me temo que ese proyecto no incluya la demolición del Paseo del Rosario, cosa que debería hacerse, por muy cuesta arriba que tal decisión sea, política o financieramente hablando. Un gobierno revolucionario y humanista no debería poder convivir con un esperpento que se proponga a la población como sinónimo de belleza, de adecuación cultural, de creatividad arquitectónica, cuando sabemos que es todo lo contrario. No hay que olvidar además que ese absurdo se construyó desoyendo el criterio expuesto por el Instituto de Patrimonio Cultural y demás autoridades en la materia.
Este es el momento apropiado para una decisión como esa. Si no fuese así, los zulianos tendríamos que gritar a coro ¿y ahora quién podrá socorrernos? Con la esperanza de que aparezca el Chapulín Colorado.








María Calcaño, la casquivana


Que se diga, en pleno siglo XXI, que no se le puede dar el nombre de una muy distinguida escritora a una biblioteca pública, porque esa escritora se negó a ser una esposa perfecta, sumisa y obediente, escapa de toda verosimilitud. Que las autoridades a quienes competía tal decisión prestasen oídos a semejante patraña, y en efecto desecharan la idea de asignarle ese nombre a la referida biblioteca pública, suena como demasiado rebuscado, demasiado tonto, demasiado conservador para ser verdad.
Confieso que no me consta de primera mano que el asunto fuese tal como lo han contado. Lo cierto es que, al momento de inaugurar las nuevas instalaciones de la Biblioteca Pública del Estado Zulia, parecía haber un consenso acerca del nombre que esa institución debía llevar, y ese nombre era el de  María Calcaño.
Según las malas lenguas,  alguien asomó el adjetivo casquivana para describir la conducta personal de María Calcaño y ese adjetivo terminó siendo la espoleta que hizo estallar los temores de ofender a las buenas conciencias de quienes  creen sostener por el mango la sartén de la moral y las buenas costumbres.
El diccionario de la Real Academia Española dice que es casquivana la mujer que no tiene formalidad en su trato con el sexo masculino. Y siendo así, no cabe duda alguna de que María Calcaño fue una esplendida casquivana. Porque la formalidad que se exigía de la mujer en vida de la poeta equivalía a atenerse a rajatabla a los designios del varón, a carecer de conciencia y voluntad propia y, peor aún, a limitar cualquier impulso hacia la creatividad intelectual o artística. La maravillosa casquivana que fue María Calcaño no solo se rebeló en vida contra el rol atávicamente establecido para las mujeres, sino que hizo algo mucho peor, escribió una obra poética que rompió todos los moldes susceptibles de ser rotos en su momento: fracturó el lenguaje ya inane de sus contemporáneos escritores; quebró la viejísima  tradición según la cual temas como el cuerpo, el sexo y el placer estaban tajantemente prohibidos a las mujeres; y destrozó la ilusión machista de encarnar lo más valioso de la producción literaria de la región.
El resultado de tanta irreverencia es una poesía que ha sido leída y estudiada en universidades dentro y fuera del país. Su verbo vital y amoroso y su personalidad libertaria e irreverente, atraen a lectores jóvenes y no tan jóvenes con la misma fuerza, y generan en ellos un entusiasmo que no cesa de crecer. Y por si todo eso fuese poco, la obra literaria de María Calcaño encarna una zulianidad poderosamente creadora, capaz de escapar a los clichés y lugares comunes de esa otra zulianidad pervertida, banalizada y maltratada por los políticos de derecha, y no pocas veces por los de izquierda.
El espíritu insubordinado del que hizo siempre gala no le salió gratis a María. Pagó con décadas de olvido la osadía de poseer un talento que descollaba, y mucho, por encima del rasero de su tiempo. Y, como queda dicho, apenas ayer se le marginó de nuevo por casquivana.
Hoy, con nuevas autoridades en materia de cultura,  finalmente se le ha restituido  el nombre de María Calcaño a la Biblioteca Pública del Estado Zulia.








miércoles, 6 de febrero de 2013

Nuestra amable manera de discriminar


En Estados Unidos, insuperables en eso del racismo, decidieron un día tomar medidas para revertir una situación que databa de siglos. Inventaron la así llamada acción afirmativa, que no es otra cosa que la representación en cuotas de los grupos étnicos que hacen vida en ese país. Se trate de una publicidad de compotas, de un programa infantil o de un video escolar, ineludiblemente encontraremos en ellos dos o tres niños blancos, un latino, un afro descendiente y un asiático. Lo mismo sucede si se trata de una publicidad de ropa o de un canal de noticias tipo CNN. La elección de Obama no cambió  un ápice de la política norteamericana, pero demostró que a muchos estadounidenses ya no les da asco votar por alguien que no tenga la piel y los ojos como un Cristo de estampita.
Pero nosotros, en Latinoamérica y en Venezuela, no somos racistas ni discriminamos, por eso no tenemos razón alguna para preocuparnos si en cuanto material gráfico o audiovisual que contenga imágenes de niños, encontramos solo infantes de cabellos rubios y ojos azules. Podría tratarse de una mera coincidencia. La misma coincidencia se repite con los narradores de CNN en español, con los protagonistas de las telenovelas e incluso con la clase política en varios países latinoamericanos. En un tiempo no muy remoto, esas coincidencias se ayudaban con anuncios de prensa en los que explícitamente se solicitaba niños o jóvenes de aspecto europeo para un comercial de esto o de aquello.
El cariño profundo que sentimos por quienes son objeto de discriminación nos autoriza a aplicarles el remoquete que refuerza el acto discriminatorio. Así, pues, negro, cachifa, indio, no son sino expresión de nuestra más sincera simpatía. Claro que el cariño, como todo, tiene sus límites. Recuerdo a una piadosísima amiga de mi madre, capaz de conmoverse por la muerte de un pollo, afirmando que ella jamás se hubiese casado con un negro. No por el negro, decía, sino por lo que viene detrás; y con la mano marcaba las distintas estaturas de los negritos que habría concebido en tan horrible escenario.
¿A quién de nosotros le faltarían ejemplos de racismo o de discriminación? ¿Se ha paseado usted con los ojos bien abiertos por algunas de las más conocidas franquicias del país? ¿Por esa concurridísima cadena de ferreterías cuyo nombre recuerda un saludo de lo más coloquial, o por la farmacia que lo tiene todo? Una mirada somera a sus trabajadores, pondrá rápidamente en evidencia que allí no está representada una buena parte de la población venezolana. Pero no se preocupe, si usted pudiese entrevistar al encargado del reclutamiento, le explicaría con lujo de detalles que no se trata de discriminar a nadie, sino que por coincidencia, aquellos cuya piel es más oscura que el aceptable moreno light, simplemente no se presentan nunca a solicitar trabajo.
Decía Freud que la curación comienza al hacer consciente el trauma. En el caso del racismo y la discriminación, a nosotros nos bastaría con estar atentos cada vez que vemos una valla publicitaria. Pero por si eso fuera poco, pregúntese, con el corazón en la mano, cuál sería su reacción si un día la catirita de la casa se le presenta con un novio cuyo color solía designarse en otros tiempos como negro teléfono.

miércoles, 30 de enero de 2013

Que me corten los dedos. La justicia como espectáculo



Tradicionalmente, el castigo ha tenido como objetivo escarmentar al  transgresor a quien se aplica dicho castigo, además de desalentar a futuros infractores. Ese intento de desanimar a quienes aún no han delinquido es la razón por la cual, a través de la historia, la aplicación de las sentencias promulgadas por la justicia humana ha venido siempre aparejada con una teatralidad capaz de atraer a grandes masas que, en tiempos desprovistos de televisión, solían estar muy pero muy aburridas.
No es, pues, casual que la crucifixión de Cristo se pareciese a lo que dramaturgos y directores contemporáneos  llaman teatro de calle: un espectáculo de largo aliento, con cambio recurrente de locaciones y con la participación espontánea del público, todo encaminado hacia el grand finale.
El Imperio Romano, por su parte, con su política de pan y circo, concentró las ejecuciones en un solo lugar. De ese modo los emperadores  solo tenían que desplazarse hasta el palco VIP desde el cual contemplaban, con la placidez del caso, a los leones que devoraban su correspondiente ración de cristianos.
Desde esos tiempos aciagos, los maltratados cristianos se hicieron el propósito de sacarse esos clavos, literalmente hablando,  y en cuanto tuvieron oportunidad organizaron los magnificentes espectáculos que, durante la Edad Media y el Renacimiento, fueron conocidos como autos de fe. Allí, en presencia  del pueblo bajo, y a veces con la entusiasta asistencia de los propios reyes, los inquisidores se dedicaban a la altruista tarea de calentar a la friolenta multitud encendiendo hogueras que alimentaban con herejes y brujas.
En nuestro tiempo no es mucho lo que hemos cambiado, pues si de vez en cuando,  cosa rara, hay alguna reserva, de parte de un gobierno, a la hora de hacer rodar una cabeza, nunca falta una cámara que dé al traste con la supuesta discreción y se encargue de que  millones de personas vean en detalle lo que se suponía habría de suceder en el mayor recato.
A nadie debe extrañar entonces que los iraníes lancen, con la publicidad del caso, un novedoso adelanto tecnológico: una máquina de última generación para cercenar los dedos de ladrones y demás miembros del bajo mundo. Para que no quede duda de la eficiencia de tal maquina, han hecho una demostración en diferido por medio de una serie de fotos en las que se ve a tres dedicados servidores públicos afanados en la ejecución de la sentencia, recaída sobre un ladrón y violador.
¿Sorpresa? Ninguna. Al fin y al cabo en los últimos tiempos hemos visto la guerra en vivo y en directo,  a las bombas caer en tiempo real sobre sus víctimas,  a un helicóptero artillado ametrallar a indefensos civiles. Y por si todo eso fuera poco, aún se puede añadir la imagen de la soldadita enanoide norteamericana que en Abu Ghraib pastoreaba a los presos como si fuesen perros.
Si no resulta un burdo montaje de los medios interesados en desacreditar  a ese país, no faltará quien quiera abordar el asunto de Irán alegando su particularidad cultural. Por mi parte prefiero pensar que se trata simplemente de un hecho patético, tan patético como hacer chicharrón de un ser humano en una silla eléctrica.





viernes, 25 de enero de 2013

El país de España: el arte de mirarse el ombligo




Lo que sorprende no es que un medio como el mencionado periódico publique, con la mala intención del caso, una supuesta foto del Comandante Chávez en pleno acto quirúrgico. Ya sabemos que publicarían cualquier cosa, por muy escabrosa o inmoral que fuese, siempre que les permitiera ejercer el oficio que se han impuesto casi como un designio celestial, es decir, despotricar de Venezuela.
Lo que sorprende, a decir verdad, es que se dejen meter semejante caliche quienes se presentan como  avezados periodistas. Tan avezados dicen ser, que supuestamente conocen mejor que los venezolanos mismos la dictadura feroz que padecemos, el hambre infinita que pasamos y el deterioro irreversible de todo lo concerniente a la República del cual somos testigos.
Pues bien,  esos brillantes señores se dejan meter el strike de un fotograma sacado de un video que tenía más de una semana rodando por cuanta página web se dedique al divino oficio de demonizar a Chávez. Y para rematar, por si fuera poca viveza la demostrada hasta ese instante, estos ases del periodismo pagan a precio de oro un refrito chambón que en Venezuela hubiese rechazado hasta un niño.
¿Quién dudaría de la vista de águila de estas estrellas de la información veraz? Vista de águila claro que tienen, solo que no pueden levantar la mirada de su propio ombligo. 

miércoles, 23 de enero de 2013

¿Qué hacer con las becas GEL?



Lo primero sería llamarlas por su nombre, es decir, Jesús Enrique Lossada en vez de JEL. Un intelectual tan valioso y por demás atildado como Lossada no merece que se le asimile a un empaste para el pelo. El asunto habrá tenido su inicio en la ignorancia de algún espécimen político, quien puesto frente a la abreviatura JEL no tuvo ni la menor idea del significado de tales siglas. Supongo que la pereza mental y la incuria terminaron por solidificar el error de allí en adelante. A nadie  sorprendería si incluso un buen número de quienes disfrutan de esas becas ignorasen que esas tres letras aluden a Jesús Enrique Lossada y supiesen poco  o nada de su vida y obra. Así pues, para reivindicar la figura de quien logró la reapertura de la Universidad del Zulia, además de ser autor de una abultada obra literaria y filosófica, las referidas becas, y la fundación que las administra, deberían enunciarse siempre con el nombre completo de su epónimo.
Cabe preguntarse, también, si lo sensato es mantener esa enorme transferencia de recursos del sector público a las manos de un grupo de empresarios de la educación, que no educadores, con las salvedades del caso. De hecho, las infaltables malas lenguas afirmaron en su momento, que fue el dueño de una de las universidades beneficiadas quien le dio la idea de este programa de becas a Manuel Rosales. Sea tal especie cierta o falsa, lo innegable es que dicho programa fue el camino que Rosales encontró para salirle al paso a iniciativas del Gobierno Nacional como la Misión Rivas y la Misión Sucre. En todo caso, lo que hay que preguntarse ahora es si tiene sentido seguir enriqueciendo a unos pocos con recursos que bien pudieran invertirse en fortalecer el sistema de educación pública.
¿Y qué decir de la calidad de la educación impartida? A estas alturas no quedará nadie, en el Zulia y en el país todo, que no conozca el cuento del summa cum laude concedido a nuestra culta alcaldesa, a modo de contraprestación por los favores concedidos. Nada más indicativo de  cual es el motor que mueve tanta mística pedagógica.
Pero más allá de la competencia profesional de los egresados, de la cual, a decir verdad, tampoco podemos estar muy orgullosos en el caso de la educación pública, hay que preguntarse por los valores y la visión del mundo que allí se inculca y ponderar si eso es compatible con los propósitos del proceso bolivariano.
Si lo anterior no fuese suficiente para que se reconsidere la pertinencia del programa en cuestión, recuérdese entonces la recién destapada olla de miles de becas concedidas por el saliente gobernador del Estado sin que se cumpliera con los requisitos del caso, como quien arroja caramelos en un desfile de carnaval. Nunca encontraremos mejor prueba de que lo que se concibió desde un principio no fue un programa de ayuda para jóvenes excluidos del sistema educativo, sino un mecanismo proselitista que permitiese además, transferir centenares de millones del sector público al privado.
El ahora gobernador Arias Cárdenas estaba en lo cierto cuando, aún candidato, apuntó a la Misión Sucre como la alternativa lógica para las becas Jesús Enrique Lossada, aunque seguramente aquél no era el mejor momento para decirlo, dado el uso politiquero que la oposición le daría al tema, como en efecto lo hizo, durante la recién concluida campaña electoral.
El compromiso adquirido con los ciudadanos que ya tienen una beca hay que cumplirlo hasta sus extremos; pero, de allí en adelante, el Gobierno del Zulia no debería sentirse en la obligación de seguir llenándole las arcas a nadie.










miércoles, 16 de enero de 2013

Los arúspices de la Conferencia Episcopal



Es fama que Catón afirmó en su momento que no entendía cómo hacían dos arúspices para cruzarse en la calle sin echarse a reír. En la antigua Roma, los arúspices eran los oficiantes de un rito adivinatorio que pretendía desentrañar el futuro examinando las vísceras de un ave recién sacrificada.
El desprestigio de tales futurólogos que se desprende de la frase de Catón, no les impedía seguir medrando a costa de los creyentes y los poderosos que aún solicitaban sus servicios. Al fin y al cabo la función debía continuar hasta el último centavo.
Confieso que ya había pensado escribir esta nota acerca de las reiteradas declaraciones, que nunca son políticas según ellos, de nuestra inefable Conferencia Episcopal, cuando cayó en mis manos uno de los libros escritos por ese extraordinario promotor del humanismo y del ateísmo que fue Christopher Hitchens. Tal una coincidencia motorizada por el mismísimo demonio, Hitchens me ha hecho un dramático repaso acerca de cómo las organizaciones religiosas, y en especial su jerarquía, se han asociado de manera regular con las causas más oscurantistas y retrógradas que ha enfrentado la humanidad a lo largo de la historia, se llamasen esclavismo, nazismo o de cualquier otro modo.
La jerarquía venezolana no es ninguna excepción: desde el famoso terremoto de 1812, castigo de Dios por la insurgencia patriótica contra el rey de España, según lo que con seguridad era en aquel entonces el equivalente de nuestra Conferencia Episcopal; hasta declarar, ya en nuestros tiempos, que el deslave de Vargas que costó la vida de tanta gente era el castigo que se nos deparaba por el comunismo propugnado desde el gobierno.
Para tamaña empresa pro status quo, los miembros de la CEV cuentan con los mismos insumos con los que contaban los arúspices romanos, es decir, la fe del pueblo que insiste en identificar a Dios con las organizaciones religiosas y sus líderes, y el apoyo de quienes, al igual que ellos mismos, tienen muchos privilegios que perder si se alterase el orden que han contribuido a mantener durante dos mil años, en el caso del cristianismo. Dios los cría y ellos se juntan, reza el dicho popular.
¿Habrá que extrañarse entonces de que incluso celebraciones religiosas tan arraigadas en la devoción del venezolano como la procesión de la Divina Pastora, sean utilizadas para lanzar un discurso politiquero, cuyo objetivo no es otro que aportar agua al molino de las fuerzas más reaccionarias del momento  que vivimos?
Como si fuesen una de esas tabacaleras que han empezado a invertir en otros ramos, sabiendo que el negocio del tabaco llegará a un fin previsible más temprano que tarde, los miembros de la Conferencia Episcopal parecerían haber decidido acercarse cada vez más al negocio político aunque eso incida directa y negativamente en los asuntos religiosos que dicen regir. Tal vez ellos también están conscientes de que, al igual que las acciones de las tabacaleras, las acciones religiosas están a la baja.
Los seguiremos viendo, pues, esforzándose por manipular  la religiosidad popular para su propia conveniencia, y administrando para ello, lo mejor que puedan, la escasa, si no nula, aureola de santidad que les queda, Eso sí, al cruzarse, bajarán la cabeza para no reírse.





miércoles, 9 de enero de 2013

Enfermedad y morbo


Ambas palabras hacen referencia a los quebrantos de salud del ser humano. Pero si la primera alude de modo casi exclusivo  al deterioro de las condiciones físicas o mentales, la segunda incluye en su significado esa especie de goce malsano que algunos de nuestros congéneres sienten frente a situaciones desagradables o catastróficas padecidas por otras personas.
El pueblo usa morboso y morbosidad con un tino inigualable y apunta con ellas a esos individuos que, sin que podamos explicarnos cómo, sienten placer ante el sufrimiento ajeno. Ejemplos clásicos de morbosidad son esos personajes que se detienen en cualquier accidente vial, siempre que haya heridos o muertos, no con el afán de ayudar sino como quien asiste a un espectáculo gratuito e imprevisto.
La enfermedad del Presidente nos ha deparado muchos actos de morbosidad por parte de voceros de la oposición. No se conforman con saber que la dolencia del primer mandatario es cáncer, ni con estar enterados de la gravedad de la misma. Quieren siempre más. Quieren hasta los más mínimos detalles, que se les muestre la sangrita, como se dice popularmente. ¿Y todo para qué? Nada de eso alteraría el curso de los acontecimientos, ni redactaría una nueva constitución que indicase acciones a seguir más allá de lo que indica la actual.
Lo que realmente les interesa es sentir que algo está venciendo, por fin, a quien ellos no han estado ni siquiera cerca de derrotar en campo alguno. Y eso les resulta placentero. Véanse, si no, algunos de esos patológicos comentarios escritos en periódicos digitales por militantes oposicionistas. En muchos casos, el morbo allí contenido da buena cuenta del deterioro moral que padecen sus autores.
El interés político de la oposición es insuficiente como causa de tanto deseo por dejar a Chávez fuera de juego. Nadie puede creer que en estos momentos esa oposición se esté planteando como un hecho deseable, por ejemplo, la  realización de nuevas elecciones. Después de las dos fragorosas derrotas que acaba de sufrir, no hace falta ser un experto electoral para concluir que la mejor opción para ellos es dejar que pase el tiempo; esperar que baje la marea que los arrastró hasta las apenas tres gobernaciones ganadas con dolores de parto.  
Hay que creer entonces que tanta queja acerca de la poca información con respecto a la salud del Presidente tiene dos orígenes específicos: estratégicamente, están tratando de salir de Chávez aunque eso no signifique hacerse de inmediato con el gobierno. Confían en que muchas puertas se les abrirán, en su intento de retomar el poder, si ya no tienen que vérselas con el coco que durante veinte años los ha mantenido entre la frustración y el ridículo.
Pero más allá de las estrategias, o quizás como su complemento,  están las razones de quienes asumen la política con las vísceras. Los que han hecho del odio y el desprecio una forma de vida. Esos están enfermos de la enfermedad de Chávez. Piden detalles y pormenores no porque ellos incidan en el devenir del país, sino porque les son necesarios para alimentar esa especie de caldera interior cuyo fuego se nutre de discriminación, de desprecio por el otro, de odio.
No están físicamente enfermos, pero el morbo les ha tomado el corazón.