miércoles, 30 de enero de 2013

Que me corten los dedos. La justicia como espectáculo



Tradicionalmente, el castigo ha tenido como objetivo escarmentar al  transgresor a quien se aplica dicho castigo, además de desalentar a futuros infractores. Ese intento de desanimar a quienes aún no han delinquido es la razón por la cual, a través de la historia, la aplicación de las sentencias promulgadas por la justicia humana ha venido siempre aparejada con una teatralidad capaz de atraer a grandes masas que, en tiempos desprovistos de televisión, solían estar muy pero muy aburridas.
No es, pues, casual que la crucifixión de Cristo se pareciese a lo que dramaturgos y directores contemporáneos  llaman teatro de calle: un espectáculo de largo aliento, con cambio recurrente de locaciones y con la participación espontánea del público, todo encaminado hacia el grand finale.
El Imperio Romano, por su parte, con su política de pan y circo, concentró las ejecuciones en un solo lugar. De ese modo los emperadores  solo tenían que desplazarse hasta el palco VIP desde el cual contemplaban, con la placidez del caso, a los leones que devoraban su correspondiente ración de cristianos.
Desde esos tiempos aciagos, los maltratados cristianos se hicieron el propósito de sacarse esos clavos, literalmente hablando,  y en cuanto tuvieron oportunidad organizaron los magnificentes espectáculos que, durante la Edad Media y el Renacimiento, fueron conocidos como autos de fe. Allí, en presencia  del pueblo bajo, y a veces con la entusiasta asistencia de los propios reyes, los inquisidores se dedicaban a la altruista tarea de calentar a la friolenta multitud encendiendo hogueras que alimentaban con herejes y brujas.
En nuestro tiempo no es mucho lo que hemos cambiado, pues si de vez en cuando,  cosa rara, hay alguna reserva, de parte de un gobierno, a la hora de hacer rodar una cabeza, nunca falta una cámara que dé al traste con la supuesta discreción y se encargue de que  millones de personas vean en detalle lo que se suponía habría de suceder en el mayor recato.
A nadie debe extrañar entonces que los iraníes lancen, con la publicidad del caso, un novedoso adelanto tecnológico: una máquina de última generación para cercenar los dedos de ladrones y demás miembros del bajo mundo. Para que no quede duda de la eficiencia de tal maquina, han hecho una demostración en diferido por medio de una serie de fotos en las que se ve a tres dedicados servidores públicos afanados en la ejecución de la sentencia, recaída sobre un ladrón y violador.
¿Sorpresa? Ninguna. Al fin y al cabo en los últimos tiempos hemos visto la guerra en vivo y en directo,  a las bombas caer en tiempo real sobre sus víctimas,  a un helicóptero artillado ametrallar a indefensos civiles. Y por si todo eso fuera poco, aún se puede añadir la imagen de la soldadita enanoide norteamericana que en Abu Ghraib pastoreaba a los presos como si fuesen perros.
Si no resulta un burdo montaje de los medios interesados en desacreditar  a ese país, no faltará quien quiera abordar el asunto de Irán alegando su particularidad cultural. Por mi parte prefiero pensar que se trata simplemente de un hecho patético, tan patético como hacer chicharrón de un ser humano en una silla eléctrica.





viernes, 25 de enero de 2013

El país de España: el arte de mirarse el ombligo




Lo que sorprende no es que un medio como el mencionado periódico publique, con la mala intención del caso, una supuesta foto del Comandante Chávez en pleno acto quirúrgico. Ya sabemos que publicarían cualquier cosa, por muy escabrosa o inmoral que fuese, siempre que les permitiera ejercer el oficio que se han impuesto casi como un designio celestial, es decir, despotricar de Venezuela.
Lo que sorprende, a decir verdad, es que se dejen meter semejante caliche quienes se presentan como  avezados periodistas. Tan avezados dicen ser, que supuestamente conocen mejor que los venezolanos mismos la dictadura feroz que padecemos, el hambre infinita que pasamos y el deterioro irreversible de todo lo concerniente a la República del cual somos testigos.
Pues bien,  esos brillantes señores se dejan meter el strike de un fotograma sacado de un video que tenía más de una semana rodando por cuanta página web se dedique al divino oficio de demonizar a Chávez. Y para rematar, por si fuera poca viveza la demostrada hasta ese instante, estos ases del periodismo pagan a precio de oro un refrito chambón que en Venezuela hubiese rechazado hasta un niño.
¿Quién dudaría de la vista de águila de estas estrellas de la información veraz? Vista de águila claro que tienen, solo que no pueden levantar la mirada de su propio ombligo. 

miércoles, 23 de enero de 2013

¿Qué hacer con las becas GEL?



Lo primero sería llamarlas por su nombre, es decir, Jesús Enrique Lossada en vez de JEL. Un intelectual tan valioso y por demás atildado como Lossada no merece que se le asimile a un empaste para el pelo. El asunto habrá tenido su inicio en la ignorancia de algún espécimen político, quien puesto frente a la abreviatura JEL no tuvo ni la menor idea del significado de tales siglas. Supongo que la pereza mental y la incuria terminaron por solidificar el error de allí en adelante. A nadie  sorprendería si incluso un buen número de quienes disfrutan de esas becas ignorasen que esas tres letras aluden a Jesús Enrique Lossada y supiesen poco  o nada de su vida y obra. Así pues, para reivindicar la figura de quien logró la reapertura de la Universidad del Zulia, además de ser autor de una abultada obra literaria y filosófica, las referidas becas, y la fundación que las administra, deberían enunciarse siempre con el nombre completo de su epónimo.
Cabe preguntarse, también, si lo sensato es mantener esa enorme transferencia de recursos del sector público a las manos de un grupo de empresarios de la educación, que no educadores, con las salvedades del caso. De hecho, las infaltables malas lenguas afirmaron en su momento, que fue el dueño de una de las universidades beneficiadas quien le dio la idea de este programa de becas a Manuel Rosales. Sea tal especie cierta o falsa, lo innegable es que dicho programa fue el camino que Rosales encontró para salirle al paso a iniciativas del Gobierno Nacional como la Misión Rivas y la Misión Sucre. En todo caso, lo que hay que preguntarse ahora es si tiene sentido seguir enriqueciendo a unos pocos con recursos que bien pudieran invertirse en fortalecer el sistema de educación pública.
¿Y qué decir de la calidad de la educación impartida? A estas alturas no quedará nadie, en el Zulia y en el país todo, que no conozca el cuento del summa cum laude concedido a nuestra culta alcaldesa, a modo de contraprestación por los favores concedidos. Nada más indicativo de  cual es el motor que mueve tanta mística pedagógica.
Pero más allá de la competencia profesional de los egresados, de la cual, a decir verdad, tampoco podemos estar muy orgullosos en el caso de la educación pública, hay que preguntarse por los valores y la visión del mundo que allí se inculca y ponderar si eso es compatible con los propósitos del proceso bolivariano.
Si lo anterior no fuese suficiente para que se reconsidere la pertinencia del programa en cuestión, recuérdese entonces la recién destapada olla de miles de becas concedidas por el saliente gobernador del Estado sin que se cumpliera con los requisitos del caso, como quien arroja caramelos en un desfile de carnaval. Nunca encontraremos mejor prueba de que lo que se concibió desde un principio no fue un programa de ayuda para jóvenes excluidos del sistema educativo, sino un mecanismo proselitista que permitiese además, transferir centenares de millones del sector público al privado.
El ahora gobernador Arias Cárdenas estaba en lo cierto cuando, aún candidato, apuntó a la Misión Sucre como la alternativa lógica para las becas Jesús Enrique Lossada, aunque seguramente aquél no era el mejor momento para decirlo, dado el uso politiquero que la oposición le daría al tema, como en efecto lo hizo, durante la recién concluida campaña electoral.
El compromiso adquirido con los ciudadanos que ya tienen una beca hay que cumplirlo hasta sus extremos; pero, de allí en adelante, el Gobierno del Zulia no debería sentirse en la obligación de seguir llenándole las arcas a nadie.










miércoles, 16 de enero de 2013

Los arúspices de la Conferencia Episcopal



Es fama que Catón afirmó en su momento que no entendía cómo hacían dos arúspices para cruzarse en la calle sin echarse a reír. En la antigua Roma, los arúspices eran los oficiantes de un rito adivinatorio que pretendía desentrañar el futuro examinando las vísceras de un ave recién sacrificada.
El desprestigio de tales futurólogos que se desprende de la frase de Catón, no les impedía seguir medrando a costa de los creyentes y los poderosos que aún solicitaban sus servicios. Al fin y al cabo la función debía continuar hasta el último centavo.
Confieso que ya había pensado escribir esta nota acerca de las reiteradas declaraciones, que nunca son políticas según ellos, de nuestra inefable Conferencia Episcopal, cuando cayó en mis manos uno de los libros escritos por ese extraordinario promotor del humanismo y del ateísmo que fue Christopher Hitchens. Tal una coincidencia motorizada por el mismísimo demonio, Hitchens me ha hecho un dramático repaso acerca de cómo las organizaciones religiosas, y en especial su jerarquía, se han asociado de manera regular con las causas más oscurantistas y retrógradas que ha enfrentado la humanidad a lo largo de la historia, se llamasen esclavismo, nazismo o de cualquier otro modo.
La jerarquía venezolana no es ninguna excepción: desde el famoso terremoto de 1812, castigo de Dios por la insurgencia patriótica contra el rey de España, según lo que con seguridad era en aquel entonces el equivalente de nuestra Conferencia Episcopal; hasta declarar, ya en nuestros tiempos, que el deslave de Vargas que costó la vida de tanta gente era el castigo que se nos deparaba por el comunismo propugnado desde el gobierno.
Para tamaña empresa pro status quo, los miembros de la CEV cuentan con los mismos insumos con los que contaban los arúspices romanos, es decir, la fe del pueblo que insiste en identificar a Dios con las organizaciones religiosas y sus líderes, y el apoyo de quienes, al igual que ellos mismos, tienen muchos privilegios que perder si se alterase el orden que han contribuido a mantener durante dos mil años, en el caso del cristianismo. Dios los cría y ellos se juntan, reza el dicho popular.
¿Habrá que extrañarse entonces de que incluso celebraciones religiosas tan arraigadas en la devoción del venezolano como la procesión de la Divina Pastora, sean utilizadas para lanzar un discurso politiquero, cuyo objetivo no es otro que aportar agua al molino de las fuerzas más reaccionarias del momento  que vivimos?
Como si fuesen una de esas tabacaleras que han empezado a invertir en otros ramos, sabiendo que el negocio del tabaco llegará a un fin previsible más temprano que tarde, los miembros de la Conferencia Episcopal parecerían haber decidido acercarse cada vez más al negocio político aunque eso incida directa y negativamente en los asuntos religiosos que dicen regir. Tal vez ellos también están conscientes de que, al igual que las acciones de las tabacaleras, las acciones religiosas están a la baja.
Los seguiremos viendo, pues, esforzándose por manipular  la religiosidad popular para su propia conveniencia, y administrando para ello, lo mejor que puedan, la escasa, si no nula, aureola de santidad que les queda, Eso sí, al cruzarse, bajarán la cabeza para no reírse.





miércoles, 9 de enero de 2013

Enfermedad y morbo


Ambas palabras hacen referencia a los quebrantos de salud del ser humano. Pero si la primera alude de modo casi exclusivo  al deterioro de las condiciones físicas o mentales, la segunda incluye en su significado esa especie de goce malsano que algunos de nuestros congéneres sienten frente a situaciones desagradables o catastróficas padecidas por otras personas.
El pueblo usa morboso y morbosidad con un tino inigualable y apunta con ellas a esos individuos que, sin que podamos explicarnos cómo, sienten placer ante el sufrimiento ajeno. Ejemplos clásicos de morbosidad son esos personajes que se detienen en cualquier accidente vial, siempre que haya heridos o muertos, no con el afán de ayudar sino como quien asiste a un espectáculo gratuito e imprevisto.
La enfermedad del Presidente nos ha deparado muchos actos de morbosidad por parte de voceros de la oposición. No se conforman con saber que la dolencia del primer mandatario es cáncer, ni con estar enterados de la gravedad de la misma. Quieren siempre más. Quieren hasta los más mínimos detalles, que se les muestre la sangrita, como se dice popularmente. ¿Y todo para qué? Nada de eso alteraría el curso de los acontecimientos, ni redactaría una nueva constitución que indicase acciones a seguir más allá de lo que indica la actual.
Lo que realmente les interesa es sentir que algo está venciendo, por fin, a quien ellos no han estado ni siquiera cerca de derrotar en campo alguno. Y eso les resulta placentero. Véanse, si no, algunos de esos patológicos comentarios escritos en periódicos digitales por militantes oposicionistas. En muchos casos, el morbo allí contenido da buena cuenta del deterioro moral que padecen sus autores.
El interés político de la oposición es insuficiente como causa de tanto deseo por dejar a Chávez fuera de juego. Nadie puede creer que en estos momentos esa oposición se esté planteando como un hecho deseable, por ejemplo, la  realización de nuevas elecciones. Después de las dos fragorosas derrotas que acaba de sufrir, no hace falta ser un experto electoral para concluir que la mejor opción para ellos es dejar que pase el tiempo; esperar que baje la marea que los arrastró hasta las apenas tres gobernaciones ganadas con dolores de parto.  
Hay que creer entonces que tanta queja acerca de la poca información con respecto a la salud del Presidente tiene dos orígenes específicos: estratégicamente, están tratando de salir de Chávez aunque eso no signifique hacerse de inmediato con el gobierno. Confían en que muchas puertas se les abrirán, en su intento de retomar el poder, si ya no tienen que vérselas con el coco que durante veinte años los ha mantenido entre la frustración y el ridículo.
Pero más allá de las estrategias, o quizás como su complemento,  están las razones de quienes asumen la política con las vísceras. Los que han hecho del odio y el desprecio una forma de vida. Esos están enfermos de la enfermedad de Chávez. Piden detalles y pormenores no porque ellos incidan en el devenir del país, sino porque les son necesarios para alimentar esa especie de caldera interior cuyo fuego se nutre de discriminación, de desprecio por el otro, de odio.
No están físicamente enfermos, pero el morbo les ha tomado el corazón.

jueves, 3 de enero de 2013

Guernica



En una sala del Museo Reina Sofía, en Madrid, una sola pintura gigantesca, ocupa  la más amplia de las paredes. Una cadena marca el sitio hasta donde puede acercarse el público para observar el cuadro. Curiosamente, la gente elige ubicarse a una distancia de unos dos metros de esa cadena, como si temiera una proximidad excesiva con el panorama de terror expuesto al otro lado de la barrera de eslabones.
Es el Guernica de Pablo Picasso. Lo había visto muchas veces en reproducciones y me convenzo ahora de que no puede haber reproducción alguna capaz de transmitir la crueldad, la tristeza, la indefensión y la angustia que se desprenden de esa mole de siete metros de largo en la que gritos ahogados, sangre, penar y muerte se combinan en un lenguaje perceptible solo a través de los poros.
El Guernica forma parte de la exhibición permanente del Reina Sofía, pero en está ocasión se encuentra asociado a una exposición transitoria que lleva por nombre “Encuentro con los años 30”, en el marco de la cual se hace un muy interesante recorrido artístico y documental por la guerra civil española.
Como es sabido, Picasso pintó el Guernica teniendo como referencia y punto de partida el bombardeo llevado a cabo por la aviación de la Alemania nazi sobre el pueblo vasco del mismo nombre. En ese entonces, la República Española agonizaba bajo el asedio de las fuerzas franquistas que finalmente vencerían e instalarían, a continuación, un régimen dictatorial y de terror que duraría hasta la muerte del, así llamado,  caudillo de España.  
De modo que esa exposición sobre los años 30 es sin duda el contexto apropiado para acercarse al Guernica. Para cuando llegue al impresionante lienzo de Picasso, el visitante se habrá paseado por publicaciones y fotografías que relatan minuciosamente la crueldad de una guerra que enfrentó  un proyecto popular y humanista  contra las fuerzas más oscuras y retrógradas del momento; fuerzas encarnadas en la alianza de España con la Alemania nazi y la Italia fascista.
De pie frente a esa representación panorámica del dolor y la muerte que es el Guernica, el visitante no dejará de percibir la ironía implícita en el hecho de que semejante obra de denuncia de la crueldad del franquismo, entonces incipiente, se exponga en un museo cuya existencia deriva de la derrota de la República. En efecto, la monarquía, como forma de organización política, fue en su momento una de las banderas de la insurgencia antirrepublicana. Y su misma vigencia en la España de hoy se hizo posible gracias a la voluntad del propio Franco al momento de morir.
De modo que no importa cuan agraciada pueda parecerles a alguno la reina española con cuyo nombre se bautizó al museo donde se exhibe el Guernica, lo cierto es que de saberlo Picasso, seguramente estaría intentando borrar con sus pinceles una historia que de tal modo falsea los propósitos de su voluntad creadora, al tiempo que permite que la más política de sus obras pueda ser apropiada y exhibida con verdadero orgullo por los mismos a quienes directa o indirectamente esa obra denuncia.