jueves, 25 de julio de 2013

Guanipa y yo


Al menos en tres ocasiones, Juan Pablo Guanipa ha aspirado a ser el candidato de la oposición a la Alcaldía de Maracaibo.  Reflexionando acerca de su brillante carrera de fracasos, he concluido que mi vida es igualita a la de Juan Pablo Guanipa: yo tampoco he alcanzado nunca un cargo. Y no es que no lo haya intentando con el mismo ardor del pobre Juan Pablo.
Las frustraciones por alcanzar un puesto comenzaron con mis escasas incursiones en el beisbol. Nunca logré ser capitán de la caimanera. Es fácil imaginar el tamaño de mi frustración si se piensa que yo era el dueño del bate, de la pelota y del único par de guantes del que disponíamos para nuestro ascenso a las grandes ligas. Pero ni soñar con que me nombraran capitán. De hecho, me reservaban las posiciones de menor figuración y no pocas veces se dieron el lujo de ponerme a jugar banca. Tal cual como a Guanipa.
Una vez que ingresé a la universidad, anhelé con todas mis fuerzas ser presidente del centro de estudiantes. Hice encuestas, preparé discursos, escribí manifiestos políticos e incluso, lo digo con un poco de vergüenza, soborné a algunos de los que podían competir con mis aspiraciones. Hasta el sol de hoy, mi madre no me perdona que me apareciese todos los días a la hora del almuerzo con un nutrido grupo de supuestos seguidores. Como mi progenitora nunca aprendió a hacerlas, era imposible ponerles un bozal de arepas. De modo que tratamos de ganar su adhesión a mis recurrentes candidaturas a punta de platos de espaguetis.  Pero qué va, los muy desleales salían de mi casa sobándose la barriga de satisfacción e iban directo a votar por mis competidores.
¿Cómo no voy a ser, pues, solidario con este campeón de las candidaturas gastadas, frustradas y a última hora dicen que vendidas?
Mi experiencia guanípica se prolongó inmutable durante los muchos años de trabajo como profesor de la universidad. Allí quise ser cualquier cosa: jefe de departamento, director, decano, lo que fuese. Imité a los exitosos líderes políticos que sí llegaban a esos cargos. Empecé a palmear hombros; a aprenderme los nombres de los parientes de mis eventuales votantes hasta la sexta o séptima generación, ascendente o descendente. Nunca aporté una idea para que no se espantara el cotarro. Nunca propuse cambiar nada. Nunca dije que algo andaba mal. Hasta recuerdo haber afirmado, en pleno delirio de campaña, que la directiva de Fapuv estaba constituida por unas mentes brillantes sin cuyo concurso la ciencia y las artes se irían a pique en nuestro país. ¡Nada que ver! Una derrota tras otra. Y la promesa de mis aliados de que en el futuro seguro que me tocaba a mí.
Aquí estoy, pues,  llorando hombro con hombro con mi alter ego Juan Pablo Guanipa. Somos almas gemelas del despecho electoral. Él eterno aspirante a la Alcaldía de Maracaibo, experto en arrancadas de caballo y carreras de burro, y yo aspirante frustrado al cargo que fuera.
Claro que hay algunas diferencias entre nosotros dos. Yo sí fui candidato. Juan Pablo, en cambio, ha sido siempre precandidato. Apenas ahora hemos descubierto que cuando Rafael Caldera dijo, hace ya décadas, que no había nada más pavoso que ser ex precandidato, se refería en realidad a Guanipa.
Dicen también que la chequera de Juan Pablo engorda cada vez que abandona una precandidatura. No me consta. Lo que sé de cierto es que yo sigo tan candidato frustrado y pobre como en mis días de beisbol.



jueves, 11 de julio de 2013

Credulidad



En mis tiempos la expresión era más común que en estos días. Se aplicaba a quien padecía de una credulidad tan, pero tan exacerbada, que terminaba por ser patológicamente idiota. En tales casos, la gente se revolvía en su silla y pensaba que el crédulo en cuestión tenía un ataque agudo de coprofagia. Por supuesto que la idea se expresaba con un coloquialismo mucho más colorido y expresivo que esa palabreja que acabo de usar.
Pero es que hay gente que se cree cualquier cosa. ¿Quien no se enteró con alarma de que el gobierno nacional se disponía a prohibir los teteros? Más de uno se paseó por una Venezuela cuyas madres  desesperadamente intentaban hacerse de un tetero como el que usaba Jane para alimentar a Boy, en la prehistoria de Tarzán. No en balde en ese Tarzan de Johnny Weissmuller, hay una descarada promoción de los sustitutos de la leche materna. Al fin y al cabo ni Boy era hijo de Tarzán, ni Jane sabía para qué servían las tetas. Y la leche seguramente venia de una elefanta o una cebra, vaya usted a saber.
Lo cierto es que la oposición venezolana, con su demostrada habilidad para correr bolas, convirtió una iniciativa tan loable como la de estimular la lactancia materna, en una paranoia según la cual nuestros niños morirían de hambre uno tras otro, puesto que la noble, solidaria y desinteresada Nestlé desaparecería de los anaqueles de farmacias y supermercados.
Sucede lo mismo con el rumor, no tan corrido como el anterior, según el cual se prohibió a Mercal, a Pdval y a los propios supermercados, vender alimentos a los indocumentados. Así pues, un gobierno que ha tenido a lo largo de su desempeño una notoria política de protección y respeto por esa parte de la población, decide un día matarla de hambre. Lo grave es que nunca falta un gerente cabeza cuadrada que ponga en efecto la medida que nadie le ordenó. Lo que sí falta es una autoridad que de modo claro y ostensible desmienta semejante patraña.
La credulidad no es privativa de un segmento de la población ni de un ámbito específico de la vida nacional. Basta con pensar, por ejemplo, en que aún hay quien cree que FAPUV, es decir, la Federación de Asociaciones de Profesores Universitarios de Venezuela, realmente representa a los docentes de las universidades, que practica la más escrupulosa democracia y que además está interesadísima en la defensa de la academia y la investigación. Lo cierto es que FAPUV es un elefante blanco, con perdón de los elefantes, que cobra vida cada dos o tres años, para repetir el cuento según el cual ellos ni son políticos ni tienen otro interés que la defensa de los derechos de los universitarios. Para cumplir con ese apostolado, FAPUV adora a un dios llamado Normas de Homologación, divinidad que no ha hecho un solo milagro desde que se le conoce, salvo el de mantener a la misma junta directiva por diez años, y con aspiración de quedarse unos diez años más.
La credulidad per se no lo convierte a uno en tonto, pero cómo ayuda. Una saludable desconfianza construye una visión más atinada de los que sucede en nuestro entorno. Al fin y al cabo, no descreer solo ayuda cuando se lee una novela o se mira una película, Coleridge dixit.
                


miércoles, 3 de julio de 2013

La casa de la bahía: esta antiquísima contemporaneidad


Alexis Fernández ha escrito más que una novela una epopeya. La epopeya incorpora los fundamentos de la constitución histórica, cultural y anímica de un pueblo. De modo que, a pesar de que los hechos que narra se sitúan en un pasado remoto, tales hechos son en verdad elementos activos de la razón de ser del conglomerado humano al que atañen.
Se suele afirmar que la epopeya puede estar escrita en verso o en prosa. Alexis Fernández ha hecho una justa combinación de ambos géneros al producir una prosa cuyo carácter poético es capaz de ampliar sus significados hasta más allá de lo realistamente descrito o lo sucintamente narrado.
En principio, el centro del discurso de  La casa de la bahía es la figura de Manuel Trujillo Durán, ese zuliano avispadísimo que a finales del siglo XIX, mostró a los asombrados marabinos, producidas por su propio ingenio, las primeras tomas cinematográficas hechas en Venezuela. Y sin embargo, sin negar la trascendencia de Trujillo Durán en la historia zuliana y su rol principal  en el texto de Alexis Fernández, me parece que en realidad esa figura funciona en el libro más como catapulta de un intento que excede en mucho la reconstrucción novelada de la vida de un personaje de indudable importancia.
Si se hubiese tratado solo de Manuel Trujillo Durán, probablemente nos hubiésemos topado con una de esas crónicas en las que con un lenguaje más o menos elemental, se recoge un anecdotario que a juicio del autor reivindica al personaje como elemento importante de la así llamada zulianidad.
No hay nada de eso en el texto de Alexis Fernández. Lo impide en primer lugar el ya aludido lenguaje poético que el autor ha venido cultivando a lo largo de toda su obra, y que hace inviable una lectura plana y unívoca, como suele suceder en algunas crónicas sin condimento ni alma.
Pero además, Fernández ha llevado adelante la construcción de una experiencia hipertextual, como hace mucho no veíamos en un material impreso. Para ello ha incluido una serie de elementos que se despliegan frente a la mirada del lector como una pantalla por donde transita mucho más que la vida de Manuel Trujillo Durán. De hecho, lo que se despliega frente a nuestros ojos es el discurrir de un tiempo en el cual se fragua nuestra identidad como pueblo, como región, e incluso como país todo.
Fotografías, anuncios, facsímiles de periódicos, programas de mano, mapas, portadas de libros, viñetas y caricaturas exceden la mera función de ilustrar un texto verbal y son ellos mismos componentes de un  hipertexto en cuyos códigos se funde y acrisola un pasado que nos constituye aquí y ahora. Lo narrado y visto en esta obra puede que nos resulte distante en el tiempo, pero es imposible que nos resulte ajeno.
Así pues, la peripecia de Trujillo Durán, sus travesuras, sus emprendimientos, sus viajes y sus desazones, su relación con el entorno, su manera de enfrentar la vida, e incluso la muerte, cuentan realmente un proceso mediante el cual hemos llegado a ser lo que hoy somos. Nos muestra cuan antigua es nuestra contemporaneidad. No otra cosa es la función de la epopeya.   

Fernández, Alexis. La casa de la bahía. Maracaibo, PDVSA, 2013.